domingo, 12 de diciembre de 2010

Ayn Rand: Sobre la naturaleza de un gobierno

Un gobierno es una institución que posee el poder exclusivo de forzar ciertas reglas de conducta social en un área geográfica.


¿Necesitan los hombres tal institución y por qué?

Ya que la mente del hombre es su herramienta básica para sobrevivir, su instrumento para obtener conocimientos y guiar sus acciones, la condición básica que necesita es la libertad de pensar y actuar de acuerdo con su juicio racional. Esto no quiere decir que el hombre debe vivir solo y que una isla desierta es el ambiente que mejor satisface sus necesidades. El hombre puede derivar beneficios enormes de la cooperación con otros. El ambiente social es el que más conduce para su supervivencia exitosa, pero solamente en ciertas condiciones.

"Los dos grandes valores que se pueden obtener de la existencia social son: conocimientos e intercambio. El hombre es la única especie que puede transmitir y expandir cúmulos de conocimientos de generación en generación; los conocimientos que potencialmente están al alcance del hombre son mucho mayores que lo que un solo hombre pudiese comenzar a adquirir en una vida; cada hombre obtiene beneficios incalculables de los conocimientos descubiertos por otros. El segundo gran beneficio es la división del trabajo: permite que un hombre dedique su esfuerzo a un campo particular de trabajo y que intercambie con otros, quienes se especializan en otros campos. Esta forma de cooperación permite a todos los hombres que participan en ella adquirir mayores conocimientos, destreza y beneficios productivos de su trabajo que lo que lograrían si cada uno tuviera que producir todo lo que necesita, ya en una isla desierta o en una unidad agrícola autosuficiente.

"Pero estos mismos beneficios indican, delimitan y definen qué clase de hombres pueden ser de valor uno para el otro, y en qué clase de sociedad: únicamente hombres racionales, productivos e independientes, en una sociedad racional, productiva y libre". (The Objectivist Effects).

Una sociedad que roba al individuo el producto de su esfuerzo, o lo esclaviza, o pretende limitar la libertad de su mente, o le obliga a actuar en contra de su juicio personal una sociedad que establece un conflicto entre sus leyes y los requerimientos de la naturaleza del hombre no es, hablando estrictamente, una sociedad, sino una chusma unida por leyes de pandilla institucionalizada.

Tal sociedad destruye todos los valores de la coexistencia humana, no tiene justificación posible y representa, no una fuente de beneficio, sino la amenaza más mortal incomparablemente a la supervivencia del hombre. La vida en una isla desierta, es más segura y preferible a la existencia en la Rusia soviética o en la Alemania nazi.

Si los hombres han de vivir juntos en una sociedad pacífica, productiva y racional, y tratar uno con el otro para beneficio mutuo, tienen que aceptar el principio básico social, sin el cual no es posible una sociedad moral o civilizada: el principio de los derechos individuales.

Reconocer los derechos individuales significa reconocer y aceptar las condiciones que requiere el hombre por su naturaleza para sobrevivir adecuadamente.

Los derechos del hombre pueden ser violados únicamente por la fuerza física. Es únicamente por medio de la fuerza física que un hombre puede quitarle a otro la vida o esclavizarlo o robarle, o impedir que otro persiga sus propias finalidades, u obligarlo a actuar contra su propio juicio racional.

La precondición de una sociedad civilizada es la prohibición de la fuerza física en las relaciones sociales, estableciendo así el principio que si el hombre desea tratar uno con el otro, puede hacerlo únicamente por medio de la razón: mediante discusión, persuasión y acuerdo voluntario sin coerción. La consecuencia necesaria del derecho del hombre a su vida, es su derecho a defenderse. En una sociedad civilizada la fuerza puede utilizarse únicamente en vía de represalia y únicamente contra aquellos que iniciaron su uso. Todas las razones que convierten la iniciación de fuerza física en un mal, convierten el uso de la fuerza física en vía de represalia, un imperativo moral.

Si una sociedad "pacifista" renunciara al uso de la fuerza en vía de represalia, ella quedaría inútilmente a la merced del primer rufián que decidiese actuar inmoralmente. Tal sociedad lograría lo opuesto a su propia intención: en vez de abolir el mal, lo fomentaría y gratificaría.

Si una sociedad no provee protección organizada contra la fuerza, obligaría a cada ciudadano a vivir armado, convertir su hogar en una fortaleza, y disparar a los extraños que se acercasen a su puerta, o a asociarse a una pandilla de ciudadanos para protegerse, quienes pelearían con otras pandillas, formadas para el mismo propósito, y así traería la degeneración de esa sociedad al caos: al dominio por pandilla, es decir, gobierno por fuerza bruta, hacia la guerrilla de tribu típica de salvajes prehistóricos.

El uso de la fuerza física aun en vía de represalia no puede dejarse a la discreción de los ciudadanos individuales. La coexistencia pacífica es imposible si el hombre tiene que vivir bajo la amenaza constante del uso de la fuerza bruta por parte de sus vecinos en cualquier momento. Ya sea que las intenciones de sus vecinos sean buenas o malas, que sus juicios sean racionales o irracionales, que estén motivados por un sentido de justicia o por ignorancia o prejuicio o malicia, el uso de la fuerza contra un hombre no puede dejarse a la decisión arbitraria de otro.

Visualice, por ejemplo, qué pasaría si un hombre perdiese su cartera, concluyese que se la han robado, y entrase en todas las casas del vecindario a buscarla, matando al primer hombre que le mirase en forma sospechosa, tomando tal mirada como prueba de culpabilidad.

El uso de la fuerza de represalia requiere reglas objetivas para establecer pruebas de que un crimen ha sido cometido y probar quién lo ha cometido, así como también reglas objetivas para definir castigos y procedimientos para implementarlos. Los hombres que pretenden perseguir crímenes sin tales reglas, constituyen una chusma furiosa. Si una sociedad dejase el uso de la fuerza represiva en las manos de ciudadanos individuales, degeneraría hacia la ley de la jungla y hacia una serie interminable de vendetas y guerras privadas.

Si la fuerza física va a ser excluida de las relaciones sociales, el hombre necesita una institución encargada de la tarea de proteger sus derechos y supeditada a un código objetivo de reglas.

Esta es la función de un Gobierno de un legítimo Gobierno, su función primordial, su única justificación moral y la razón por la cual los hombres sí necesitan un gobierno.

Un gobierno es el medio que coloca el uso de la fuerza física represiva bajo el control objetivo. Es decir, bajo leyes definidas objetivamente.

La diferencia fundamental entre una acción privada y una acción gubernamental, una diferencia completamente ignorada y evadida hoy día descansa en el hecho que el gobierno tiene el monopolio del uso legal de la fuerza física. Tiene que tener tal monopolio, ya que es el agente para restringir y combatir el uso de la fuerza y, por esa misma razón, sus acciones tienen que ser rígidamente definidas, delimitadas, y circunscritas; ni el más ligero capricho o antojo debe serle permitido en el cumplimiento de sus obligaciones; debe actuar como robot impersonal, con la ley como su única fuerza motivadora. Si una sociedad ha de ser libre, su gobierno tiene que estar controlado.

Bajo un sistema social adecuado, un individuo particular es legalmente libre para tomar cualquier acción que desea, siempre que no viole los derechos de otros, mientras que un funcionario gubernamental está limitado por ley en cada uno de sus actos oficiales. Una persona individual puede hacer todo aquello excepto lo que está legalmente prohibido; un funcionario gubernamental no puede hacer nada excepto aquello que está legalmente permitido.

Esta es la manera de subordinar la "fuerza" al "derecho". Éste es el concepto estadounidense de "un gobierno de leyes y no de hombres".

La naturaleza de las leyes propias a una sociedad libre y de la fuente de la autoridad gubernamental, se derivan de la naturaleza o propósito de un gobierno adecuado. El principio básico de ambas está indicado en la Declaración de Independencia: "para afianzar estos derechos (individuales), los hombres instituyen gobiernos derivando su justo poder del consentimiento de los gobernados...".

Ya que la protección de los derechos individuales es la única función propia de un gobierno, igualmente la es la única función impropia de la legislación: todas las leyes deben estar basadas en los derechos individuales y dirigidas hacia su protección. Todas las leyes deben ser objetivas (y objetivamente justificables): los hombres deben saber claramente y con anticipación a sus actos, lo que la ley les prohibe hacer (y por qué), qué constituye un delito y cuál es el castigo que sufrirán sí lo cometen.

La fuente de autoridad del gobierno es "el consentimiento de los gobernados". Esto quiere decir que el gobierno no es el mandante, sino el que sirve, el mandatario, o sea un agente de los ciudadanos; eso significa que el gobierno como tal no tiene más derechos excepto los derechos delegados en él por los ciudadanos para un objeto específico.

Existe únicamente un principio básico, al cual el individuo debe consentir si desea vivir en una sociedad libre y civilizada: el principio de renunciar al uso de la fuerza física y delegarle al gobierno su derecho de autodefensa, con objeto de que la implementación sea ordenada, objetiva y legalmente definida, O, poniéndolo de otra manera, debe aceptar la separación de la fuerza y el capricho (cualquier capricho, incluyendo los propios).

Pues bien, ¿qué sucede en caso de desacuerdo entre dos hombres referente a alguna actividad en la cual ambos están involucrados? En una sociedad libre, los hombres no están obligados a tratar unos con los otros. Ellos lo hacen únicamente por acuerdo voluntario y, cuando existe un elemento de tiempo, mediante contrato. Si un contrato es quebrantado por la decisión arbitraria de un hombre, puede causarle daños financieros desastrosos al otro, y la víctima no tendría otro recurso que arrebatarle al que lo ha ofendido su propiedad en vía de compensación. Pero nuevamente, el uso de la fuerza no puede dejarse sujeto a la decisión de individuos particulares. Y esto nos lleva a una de las funciones más importantes y más complejas de un gobierno: la función de árbitro que arregla disputas entre los hombres de acuerdo con leyes objetivas.

Los delincuentes son una pequeña minoría en cualquier sociedad semicivilizada. Pero la protección e implementación de contratos a través de cortes de ley civil, es la necesidad más crucial de una sociedad pacífica; pues, sin tal protección, ninguna civilización podría ser desarrollada o mantenida.

El hombre no puede sobrevivir, como lo hacen los animales, actuando bajo el impulso del momento inmediato. El hombre tiene que proyectar sus finalidades y alcanzarlas a través del tiempo; tiene que calcular sus actos y planificar su vida a largo plazo. Mientras mejor sea la mente del hombre y mientras mayor sus conocimientos, mayor el plazo de su planificación.

Mientras más elevada y compleja una civilización, mayor será el plazo de sus actividades y, por lo tanto, mayor será el plazo de los acuerdos contractuales entre los hombres, y más urgente será su necesidad de proteger la seguridad de tales acuerdos. Y aun una necesidad primitiva a base de trueque no podría funcionar si un hombre, después de haber acordado entregar un quintal de papas a cambio de una canasta de huevos, y después de haber recibido los huevos, rehusara entregar las papas. Visualice las consecuencias de este tipo de acción caprichosa en una sociedad industrializada, donde los hombres entregan millones de dólares de bienes al crédito, o contratan las construcciones de miles de millones, o firman contratos a noventa años. 

El rompimiento unilateral de un contrato involucra el uso indirecto de la fuerza física: consiste, en esencia, en que un hombre recibe valores materiales, bienes o servicios de otro, y entonces rehusa pagar por ellos reteniéndolos por la fuerza (por la mera posesión física), y no por derecho, es decir, que los guarda sin el consentimiento de su dueño. El fraude involucra un uso similar indirecto de la fuerza: consiste en obtener valores materiales sin el consentimiento del dueño bajo premisas o pretensiones falsas. La extorsión es otra variante del uso indirecto de la fuerza: consiste en obtener valores materiales, no a cambio de valores, sino mediante la amenaza, fuerza, violencia o daño. Algunas de estas acciones evidentemente son criminales. Otras, como el rompimiento unilateral de un contrato, puede que no esté motivada criminalmente, pero puede ser causada por irresponsabilidad o irracionalidad. Otros podrán ser asuntos complejos con algo de justicia en ambos lados. Pero sea el caso que fuere, todas esas disputas tienen que sujetarse a leyes objetivamente definidas y tienen que ser resueltas por un árbitro imparcial, aplicando las leyes, en otras palabras, por un juez (y un jurado cuando corresponde). Obsérvese el principio básico que rige a la justicia en todos estos casos: es el principio que ningún hombre puede obtener valores de otros sin el consentimiento del dueño y, como corolario, que los derechos del hombre no pueden abandonarse a la suerte de la decisión unilateral, el juicio arbitrario, o el capricho y juicio irracional de otro hombre.

Tal en esencia, es el fin propio de un gobierno: hacer la existencia social posible a los hombres, mediante la protección de los beneficios y combatiendo los males que los hombres pueden causarse unos a otros.

La función propia de un gobierno cae dentro de tres amplias categorías, todas las cuales involucran el punto del uso de la fuerza y la protección de los derechos del hombre: la Policía, para proteger a los hombres de los criminales; las Fuerzas Armadas, para proteger a los hombres de invasores extranjeros; las Cortes, para decidir disputas de acuerdo con leyes objetivas.

De estas tres categorías se derivan muchas situaciones y corolarios, y su implementación en la práctica, en forma de legislación específica, es enormemente compleja. Pertenece a un campo especial de la ciencia: la filosofía de la ley. Muchos errores y muchos desacuerdos son posibles en el campo de la implementación, pero lo que es esencial aquí, es el principio que ha de implementarse: el principio que el objeto de la ley de un gobierno es la protección de derechos individuales.

Hoy, ese principio está olvidado, ignorado y evadido. El resultado es el presente estado del mundo, con la regresión de la humanidad hacia la tiranía absolutista sin ley, hacia el salvajismo primitivo de gobierno por la fuerza bruta.

En actitud de protesta insensata contra esta tendencia, algunas personas presentan la cuestión de que siendo tales gobiernos tan malos por naturaleza, si no será la anarquía el sistema social ideal. La anarquía, como concepto político, es una abstracción que flota ingenuamente: por todas las razones discutidas antes, una sociedad sin un gobierno organizado estaría a merced del primer criminal que llegase, el cual la precipitaría hacia el caos de las guerrillas pandilleras. Pero la posibilidad de inmoralidad humana no es la única objeción a la anarquía: aún en una sociedad donde cada uno de sus miembros fuese completamente racional y sin tacha moral, no podría funcionar en estado de anarquía, es la necesidad de leyes objetivasy de un árbitro para desacuerdos honrados dentro de los hombres que crea la necesidad de establecer un gobierno.

Una variante reciente de la teoría anarquista, que está confundiendo a algunos jóvenes que abogan por la libertad, es el espantoso absurdo llamado "gobiernos en competencia". Aceptando la premisa básica de los modernos estatistas que no ven la diferencia entre las funciones de un gobierno y la función de la industria, entre la fuerza y la producción, y que abogan por la propiedad estatal de los negocios, los proponentes de "gobiernos en competencia" toman el otro lado de la misma moneda y declaran que ya que la competencia es tan beneficiosa para los negocios, debería aplicarse también a los gobiernos. En vez de un solo gobierno monopolista, declaran, debiera existir un número de diferentes gobiernos en la misma área geográfica, compitiendo por la lealtad de los ciudadanos individuales, dejando a cada ciudadano libre de escoger y estar con el gobierno que escoge.

Recordemos que el control del hombre por la fuerza es el único servicio que un gobierno puede ofrecer. Pregúntese qué significaría la competencia en control forzoso.

No puede llamársele a esto una teoría contradictoria en terminología, ya que evidentemente carece de comprensión de los términos "competencias" y "gobierno". Tampoco puede llamársele una abstracción flotante, ya que es carente de cualquier contacto o referencia a la realidad y no puede concretarse, ni siquiera en forma aproximada. Una ilustración será suficiente: supongamos que el Sr. Smith, un cliente del gobierno "A", sospecha que su vecino, el Sr. Jones, quien es cliente del gobierno "E", le ha robado; un destacamento de la policía "A" llega a la casa del Sr. Jones y encuentran en la puerta un destacamento de la policía "B", que declara que no aceptan la validez de la acusación del Sr. Smith y que no reconocen la autoridad del gobierno "A". ¿Qué sucede entonces? Siga usted adelante con el ejemplo.

La evolución del concepto del gobierno ha tenido una larga y difícil historia. Alguna idea de la función propia de un gobierno parece haber existido en toda sociedad organizada, manifestándose en un fenómeno tal como el reconocimiento implícito (aunque a veces no existente) de la diferencia entre un gobierno y una pandilla la aureola de respeto y de autoridad moral otorgada a un gobierno como el guardián de la "ley y el orden", el hecho que aun los gobiernos más malos reconocieron la necesidad de mantener alguna apariencia de orden y alguna pretensión de justicia, aunque fuese únicamente rutina y tradición, y de proclamar más de alguna justificación moral por su poder, ya de naturaleza mística o social. Así como los monarcas absolutos de Francia tuvieron que invocar "Los Derechos Divinos de Los Reyes", los dictadores modernos de la Rusia soviética tienen que gastar fortunas en propaganda para justificar su poder ante los ojos de los sujetos esclavizados.

En la historia del hombre, la comprensión de la propia función de un gobierno es de logro reciente. Únicamente tiene 200 años de edad y data de la revolución estadounidense. No solamente identificaron la naturaleza y la necesidad de una sociedad libre, sino encontraron la manera de traducirla a la práctica. Una sociedad libre como cualquier otro producto humano no puede obtenerse por casualidad, mediante el mero deseo ni sólo por la "buena voluntad" de sus líderes.

Un complejo sistema legal, basado en principios de validez objetivos, son requeridos para hacer una sociedad libre y mantenerla libre, un sistema que no depende de las motivaciones, del carácter moral o de las intenciones de algún funcionario público, un sistema que no ofrece oportunidad ni "salidas" para el desarrollo de la tiranía.

El sistema estadounidense de poderes balanceados y limitados consistió en tal hazaña. Y aunque ciertas contradicciones en la Constitución sí dejaron algunas salidas para el crecimiento del estatismo, la hazaña incomparable fue el concepto de una Constitución como medio para limitar y restringir el poder del gobierno.

Hoy día, cuando se está haciendo un gran esfuerzo conjunto para borrar este punto, no se puede repetir con demasiada frecuencia que la Constitución es una limitación al gobierno y no al individuo particular que no ordena la conducta del individuo particular, sino únicamente la conducta de un gobierno-, que no es una carta para poder estatal, sino una carta de protección ciudadana contra el gobierno.

Ahora considere la generalización del concepto moral y político invertido en el concepto prevaleciente de gobierno. En vez de ser un protector de los derechos del hombre, el gobierno se está convirtiendo en el violador más peligroso; en vez de guardar la libertad, los gobiernos están estableciendo esclavitud; en vez de proteger a los hombres de los iniciadores de la fuerza física, los gobiernos están iniciando la fuerza física y coerción en la forma y en los casos que le place. En vez de servir como el instrumento de objetividad en las relaciones humanas, los gobiernos están creando un mortal y subterráneo reinado de la inseguridad y miedo, mediante leyes no objetivas, cuya interpretación se deja a las decisiones arbitrarias de burócratas ocasionales; en vez de proteger a los hombres del daño por caprichos, los gobiernos se abrogan el poder del capricho ilimitado, en tal forma que rápidamente estamos llegando a la etapa de última inversión: la etapa cuando el gobierno es libre de hacer cualquier cosa que le plazca, mientras los ciudadanos actúan únicamente por permiso; que es la etapa de los períodos más oscuros de la historia humana, la etapa de gobierno por la fuerza bruta.

Muchas veces se ha mencionado que a pesar del progreso material, la humanidad no ha alcanzado un grado comparable de progreso moral. Tal expresión generalmente es seguida por alguna conclusión pesimista referente a la naturaleza humana. Es cierto que el estado moral de la humanidad es vergonzosamente bajo. Pero cuando uno considera las monstruosas inversiones morales de los gobiernos (hechas posibles por una moralidad altruista colectivista), bajo la cual la humanidad ha tenido que vivir a través de la mayor parte de su historia, uno principia a asombrarse cómo los hombres han logrado preservar aún un semblante de civilización, y cual vestigio indestructible de autoestimación, lo ha mantenido caminando sobre dos pies.

Uno también principia a ver más claro la naturaleza de los principios políticos que tienen que llegarse a aceptar y a advocar, como parte de la batalla, por el renacimiento intelectual del hombre.

sábado, 11 de diciembre de 2010

La Trampa de Bien Común

Por Alberto Mansueti

La noción de que “el bien común es superior al bien individual” esconde una trampa semántica. Consiste en suponer al individuo como contrario al bien común de la sociedad, y al Estado como representante exclusivo del mismo, e identificado con él, y a la empresa y entes privados con el bien particular o individual. Y de allí concluir que por causa del bien común puede y debe el Estado ser propietario y administrador de fundos, comercios e industrias, bancos, escuelas y hospitales, cajas de pensión, etc., y dominador y reglamentador de ese tipo de instituciones cuando son privadas. Es toda una cadena de razonamientos falaces, disimulados en expresiones confusas y engañosas, típicos del adoctrinamiento socialista.

En realidad el Estado contribuye al bien común, cumpliendo sus funciones propias: en la defensa y policía, ministrando justicia, y contratando las obras públicas. Pero también las empresas privadas contribuyen no menos al bien común, cumpliendo las suyas, en el mercado libre y competitivo, sin castigos ni premios (privilegios) estatales. E igualmente los centros educativos y médicos, cajas de pensión, etc. Sin embargo, todo esto oculta la trampa semántica.

Y si reemplazamos la expresión bien común por “interés colectivo” o “público” es lo mismo: otras tantas expresiones que admiten malinterpretaciones tramposas. Es de interés público que el Estado cumpla bien sus funciones propias; pero también que lo hagan las empresas e instituciones, educativas, médicas, etc., para lo cual deben ser privadas, libres y competitivas. El Estado no es dueño exclusivo del interés público.

El concepto de “justicia social” envuelve otra trampa mayor si cabe: se hace equivaler a igualdad, y a ese fin se atribuye la Estado la función de redistribuir la riqueza.

En realidad somos desde la cuna desiguales, en todo: salud, familia, físico, carácter, capacidades e inclinaciones individuales, fortuna y economía personales, etc. (Y en nuestro destino eterno somos mucho más desiguales todavía ...) Y el Estado no puede hacernos iguales, salvo ante la ley, y eso sólo si es una sola ley igual para todos, no como en el Estado redistribuidor: millares de leyes distintas para millares de gentes (distintas). Leyes que no les quitan a los ricos para darles a los pobres, ¡embuste! nos quitan a todos para darle al Estado y a sus funcionarios, empleados, allegados y favorecidos, tal y como la Biblia lo anticipa proféticamente en I Samuel 8, condenando al Estado redistribuidor.

Los males de Venezuela y Latinoamérica han sido los partidos socialdemócratas, que compraron la trampa de la justicia social, y nos vendieron socialismo democrático disfrazado de “democracia social” -otro fraude semántico-; y los democristianos, que compraron la del bien común, y después asumieron que “la justicia social es expresión del bien común”, y se quedaron iguales a los anteriores. Iguales de tramposos y mentirosos, ladrones y destructivos. Son los padres de nuestras desgracias.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Neo "Liberalismo" y el Consenso de Washington

Por Alberto Mansueti

¿Sabe Ud. qué es mal llamado “Neo” liberalismo? De liberalismo verdadero tiene muy poco y nada. Comenzó con un libro: “IMF Conditionality” (1984), que explicaba las “condiciones” que el FMI impone a los Gobiernos para sus préstamos. Su autor, el economista John Williamson, expuso el recetario que después redactó en 1989, y que resumía en diez “Recomendaciones de Política”.

Y hubo consenso. ¿De quién? De los burócratas funcionarios del FMI, Banco Mundial y otras organizaciones interestatales y estatistas mundiales y regionales que parasitan en la capital de EEUU.

Algunos de sus preceptos eran buenos: los pocos que eran liberales de verdad. Otros eran regulares, o al menos discutibles, porque podían interpretarse de distinta manera. Y otros eran antiliberales. Y puede enunciarse como un Decálogo de Diez Mandamientos, comenzando cada uno con un verbo. Mire Ud:

1) Imponer disciplina fiscal. O sea: imponer equilibrio de gastos e ingresos de los Gobiernos (¡bien!), pero sin aclarar mucho si era reduciendo gastos, o aumentando ingresos.
2) Reducir las tasas marginales de impuestos, para alentar el crecimiento de la economía privada, y reducir la evasión fiscal, aumentando así la recaudación total. (Este punto aclara el anterior: nada de reducir gastos, ¿se entiende?)
3) Reorientar el gasto público hacia la atención médica básica, la educación primaria y la infraestructura.
4) Liberalizar las tasas de intereses, flexibilizando los mercados financieros.
5) Mantener un tipo de cambio “competitivo”. Es decir: mantener depreciada la moneda nacional, supuestamente para alentar a los exportadores ofreciéndoles una enorme bola de billetes criollos por cada dólar.
6) Eliminar restricciones no arancelarias al comercio exterior (¡bien!), y reducir poco a poco los aranceles hasta un arancel efectivo promedio de 10 % a 20 %.
7) Liberalizar el flujo de inversión extranjera directa.
8) Privatizar los monopolios estatales.
9) Eliminar las barreras a la entrada y a la salida de los mercados nacionales incrementando los niveles de competencia. Esto es: reducir las trabas y enredos legales que por un lado impiden el ingreso de nuevas empresas a los mercados, y por otro lado permiten la permanencia indefinida de empresas ineficientes que de otro modo tendrían que salir, expulsadas por una mejor competencia.
10) Fortalecer los derechos de propiedad privada.

Hasta aquí el famoso “Consenso de Washington”. ¿Es algo bueno? Más o menos. Algunos mandamientos sí, otros no. Y otros son discutibles, en sí mismos o en sus consecuencias e implicaciones:

(1-2) Es buena la disciplina fiscal, pero recortando gastos, no aumentando ingresos. Para ello hay que reducir al Estado a sus funciones esenciales, que son seguridad, justicia y obras públicas. Pero eso NO querían los burócratas.
(3) La jerarquización de las funciones estatales es imprescindible. Y la construcción y mantenimiento de obras públicas son funciones indiscutibles del Estado, después de la seguridad y la justicia. Pero no es claro que la docencia sea función del Estado, y en todo caso la ayuda estatal a la educación de los pobres puede ser con cupones.
(4-5) Es malo dar al Gobierno la facultad de manipular el tipo de interés; pero también es malo dar al Gobierno la facultad de manipular el tipo de cambio.
(6-7 y 9) ¿Por qué no arancel cero? ¿Para qué aranceles? ¿Y por qué desregular los mercados nacionales y la inversión extranjera, pero no la inversión nacional, o la inversión repatriada?
(8) Los monopolios son malos, y por eso es bueno privatizar los monopolios estatales, pero no para que pasen a ser monopolios privados, sino para obligarles a competir.
Además, ¿qué cosa es un monopolio? Monopolio no es una empresa de gran tamaño, ni una empresa que está solitaria en un mercado. Monopolio es una empresa que goza de privilegios especiales otorgados como especiales y exclusivos favores políticos por Gobiernos y Legislaturas, en temas de impuestos, insumos, materias primas, aduanas, seguros, relaciones laborales o con los bancos, etc. Acabar con los monopolios, si de verdad se quiere, es fácil: basta con quitar los privilegios especiales existentes, y abstenerse de otorgar otros nuevos.
(10) El fortalecimiento de los derechos de propiedad exige sistemas de registro de los títulos de propiedad debidamente certificados de manera pública, tal como insiste Hernando de Soto. Pero es mucho más que eso: es reformar el entero sistema de la justicia pública.

Establecer registros de propiedad sin las demás reformas dirigidas principalmente a recortar la obesidad del Estado mediante privatizaciones y desreglamentaciones, y concretarle a sus funciones esenciales ---seguridad, justicia y obras públicas--- significa una sola cosa: cobrar más impuestos para gastar más.

Otra cosa: para ser liberales, las reformas han de ser simultáneas. De lo contrario los gobiernos estatistas harán sólo la parte que les conviene, del modo que les conviene, y para lo que les conviene. Eso hicieron en los ‘90. Y eso es lo que hacen siempre.

La Unidad Popular de Allende y el Polo Patriótico de Chávez

Por Marco Polesel

18/5/2000
La verdad es que las experiencias vividas por el pueblo chileno, en la década de los setenta, con los trágicos y espantosos resultados del experimento socialista de Salvador Allende apoyado por la alianza izquierdista de la Unidad Popular, se están pareciendo muy preocupantemente a la improvisación, confusa ideología política y actuaciones que afloran del neocaudillo izquierdista, iluso e impreparado de Hugo Chávez con su Polo Patriótico.
Parece increíble que con cuarenta años de diferencia se vuelvan a repetir experiencias tan ilógicas, sin sentido y extemporáneas, pero esta vez en Venezuela; es como si no se conociera o se quisiera desconocer lo que sucedió en Chile, cuando un gobierno con ideas socialistas llevó al caos y a una descomposición social y económica verdaderamente salvaje.

Allende y su política incitaban y abiertamente promovían las invasiones, saqueos y posterior expropiaciones de predios en fundos productivos agrícolas, así como la toma de las empresas y negocios comerciales para estatizarlos, controlándolos absolutamente. Era frecuente oír en los discursos de Allende que ``la tierra es de quien la trabaje'', provocando el resentimiento y la lucha de clases, división social que encendió una escalada de violencia sobre todo entre los agricultores y los invasores.
Es increíble que con cuarenta años de diferencia se vuelvan a repetir experiencias tan ilógicas, y extemporáneas, pero esta vez en Venezuela

Medios de comunicación tan importantes como el diario El Mercurio y la Corporación de Televisión de la Universidad Católica de Chile fueron objeto de intervenciones y hostigamientos. Allí están las evidencias de los destrozos que hacían los elementos dirigidos por el régimen allendista a instalaciones de pequeñas emisoras de radio en el interior del país, con el mero propósito de crear un clima de terrorismo comunicacional, sobre todo a aquéllos que denunciaban lo que estaba ocurriendo.
La crisis económica, que ya venía siendo una bola de nieve de gobiernos anteriores, se profundizó con la llegada de un gobierno populista que prometía quitarles a unos para darles a otros. Pero la cruda realidad se evidenciaba en las colas que todos los chilenos tenían que hacer para comprar alimentos básicos y, además, de muy mala calidad. El desabastecimiento era de verdad salvaje y las amas de casa se las arreglaban con la permuta de bienes alimenticios. Todo esto fomentado por la prohibición absoluta de importaciones y del control total de precios en todos los productos, aunado al desempleo y la baja productividad de la economía, totalmente estatizada (la realidad era que se le quitaba todo a todos, para no darle nada a nadie).
La sensación de inseguridad era muy grande y se vivía en dos vertientes, una, la violación sistemática del derecho a la propiedad y el marco jurídico existente (constitución); la otra, el terrorismo y la subversión, fomentada y amparada por el gobierno marxista de Allende basándose en la revolución cubana. Se aseguraba que Chile se desarrollaría sobre la base de un sistema comunista, paralelo al cubanosoviético. ¿Sería que Allende vislumbró el mismo mar de felicidad que Chávez?

Mes y medio vivió y se instaló Fidel Castro en Chile, con todos los gastos pagados, haciendo discursos inclusive, organizando la subversión y paseando por todo el país. Por cierto, siempre pedía una bandera chilena en cuanto acto asistía y discurso hacía, pero las únicas banderas que había eran las rojas comunistas. Hasta el antipatriotismo se fomentaba cuando los discursos de Castro con el himno cubano se empezaban, y se llegó inclusive a incorporar en la educación básica y media la doctrina marxista. El ideal era el de ir hacia una ``patria socialista'' y era común ver imágenes del Che Guevara y Castro en todas partes; pero es que el culto era fanáticamente hacia la famosa revolución cubana, extraña cosa que hasta hoy día me cuesta entender, y la cual Chávez defiende.

Al analizar estas dos tesis, podemos concluir que los acontecimientos anteriormente relatados tienen preocupante coincidencia con la realidad actual en Venezuela, y que el factor de coincidencia es Fidel Castro, que otra vez infecta ideológicamente a otra debilitada nación latinoamericana a través de un líder que surge del resentimiento, la amargura, la decepción y la desesperación de un pueblo que fácilmente queda encantado con promesas y discursos idealistas que ya cumplen 40 años de decadencia.



Magíster en gestión y políticas públicas por la Universidad de Chile.
Publicado por El Nuevo Herald

lunes, 22 de noviembre de 2010

Socialismo e impuestos (un breve cuento)

Por: Carlos Ignacio Ortega 

Suponga que todos los días 10 hombres se reúnen en un bar para charlar y beber cerveza. La cuenta total de los diez hombres es de $100. Si ellos pagasen la cuenta de la manera proporcional en que se pagan los impuestos en la sociedad de un país, la cosa sería más o menos así, de acuerdo con la escala de riqueza e ingresos de cada uno: Los primeros 4 hombres (los más pobres) no pagan nada. El 5º paga $1. El 6º paga $3. El 7º paga $7. El 8º paga $12. El 9º paga $18. El 10º (el más rico) paga $59.

Entonces, eso es lo que decidieron que harían en adelante, todos se divertían, y estaban contestes con el acuerdo entre ellos. Hasta que un día, el dueño del bar les metió en un problema: “Ya que ustedes son tan buenos clientes,” les dijo, “Les voy a reducir el costo de sus cervezas diarias en $20. Los tragos desde ahora costarán $80.”

El grupo quiso, sin embargo, seguir pagando la cuenta en la misma proporción que lo hacían antes, de modo que los cuatro primeros siguieron bebiendo gratis. La rebaja no les afectaba en absoluto. ¿Pero qué pasa con los otros seis bebedores, los que realmente pagan la cuenta? ¿Cómo debía dividir los $20 de rebaja de manera que cada uno recibiese una porción justa?

Calcularon que los $20 divididos en 6 eran $3,33. Pero si restaban eso de la porción de cada uno, entonces el 5º y 6º hombre estarían cobrando para beber, ya que el 5º pagaba antes $1 y el 6º $3. Entonces el barman sugirió que sería justo reducir la cuenta de cada uno por aproximadamente la misma proporción, y procedió a calcular la cantidad que cada uno debería pagar:
El 5º bebedor, lo mismo que los cuatro primeros, no pagaría nada (100% de ahorro).
El 6º pagaría ahora $2 en lugar de $3. (se ahorra 33%)
El 7º pagaría $5 en lugar de $7. (se ahorra 28%).
El 8º pagaría $9 en lugar de $12. (se ahorra 25%).
El 9º pagaría $14 en lugar de $18. (se ahorra 22%).
El 10º pagaría $49 en lugar de $59 (se ahorra 16%).

Cada uno de los seis pagadores estaba ahora en una situación mejor que antes. Y los primeros cuatros bebedores seguirían bebiendo gratis, y un quinto tambien. Pero, una vez fuera del bar, comenzaron a comparar lo que estaban ahorrando.

“Yo sólo recibí un peso de los $20 ahorrados,” dijo el 6º hombre. Señaló al 10º bebedor y dijo: “Pero él recibió $10!”

“Sí, es correcto,” dijo el 5º hombre. “Yo también sólo ahorré $1. Es injusto que él reciba diez veces más que yo.”

“¡Verdad!”, exclamó el 7º hombre. “¿Por qué recibe él $10 de rebaja cuando yo recibo nada más que $2? ¡Los ricos siempre reciben los mayores beneficios!”

“¡Un momento!”, gritaron los cuatro primeros al mismo tiempo. “Nosotros no hemos recibido nada de nada. ¡El sistema explota a los pobres!”

Los nueve hombres rodearon al 10º y le dieron una paliza.

La noche siguiente el 10º hombre no acudió a beber, de modo que los nueve se sentaron y bebieron sus cervezas sin él. Pero a la hora de pagar la cuenta descubrieron algo inquietante:

Entre todos ellos no juntaban el dinero para pagar ni siquiera LA MITAD de la cuenta.

Y así es, amigos y amigas, periodistas y profesores universitarios, gremialistas y asalariados, profesionales y gente de la calle, la manera en que funciona el sistema de impuestos. La gente que paga los impuestos más altos son los que se benefician más de una reducción de impuestos. Póngales impuestos muy altos, atáquenlos por ser ricos, y lo más probable es que no aparezcan nunca más. De hecho, es casi seguro que comenzarán a beber en algún bar en el extranjero donde la atmósfera sea algo más amigable.

Moraleja: “El problema con el socialismo es que eventualmente uno termina quedándose sin el dinero de la otra gente.”

Para quienes comprenden, no es necesaria una explicación.
Para quienes no comprendieron, no hay explicación posible.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Una Franela En Contra de la Revolución



Por Leandro Bolívar

Vemos como cada día el régimen cubano-venezolano colecciona presos en sus cárceles cuyo único crimen cometido fue protestar o pensar diferente a la minoría comunista que gobierna nuestro país. Sorprende como todos los poderes se pronuncian al unísono a favor del dictador y que el alto mando de la otrora institución militar venezolana se cuadre, o se “case”, con su proceso revolucionario. Esto es de todo menos una democracia, vivimos en cualquier cosa menos en libertad.

Mucha gente se pregunta qué será lo que desate la furia de los ciudadanos ante tanta violación a sus libertades individuales, nadie tiene respuesta ya que dichos eventos “fortuitos” no son fáciles de engendrar o predecir. No obstante, el comienzo del fin lo puede provocar algo tan sencillo como una franela, polera, ramera o como la prefieran llamar. Esta franela, combinada con una idea, se vuelve poderosa y se transforma en el símbolo de una causa tan importante como la libertad. Dicho símbolo, enarbolado por muchos, será imposible de ocultar o de censurar por aquellos que ostentan el poder socialista. Meter preso a uno es fácil, apresar a millones es algo complicado incluso para quienes firman chequeras petroleras.

El señor Miguel Ángel Hernández Souquett tuvo una idea y la plasmó en una franela, hoy está preso por expresar su opinión. Que sea dicha idea, aunque pase por soez, lo que convierta a la franela de todo ciudadano sediento de libertad en un símbolo incensurable. Comenzaremos por hacer unas cuantas por encargo, después serán millones y no esperamos que se limiten a nuestras fronteras Venezolanas. Que se exprese sin pudor en todo el continente Americano lo que nuestro estimado miguel se atrevió a mostrar:

HUGO ME CAGO EN TU REVOLUCIÓN

El socialismo y el mercantilismo tienen en común la destrucción del libre mercado

Por Hugo J. Faría


La visión socialista tiene al Gobierno como actor central de la sociedad. Por definición rechaza al libre mercado como mecanismo de asignación de recursos para maximizar el bienestar social. Esto explica los controles de precios, de cambio y de tasas de interés, que han existido en la economía venezolana durante los últimos 47 años. Supuestas fallas del mercado justifican que los denominados por Lenin, Commanding Heights de la economía -como el petróleo, hierro, gas, carbón, electricidad, teléfonos, agua, ferrocarriles y subsuelo-, sean propiedad del Estado. La visión mercantilista tiene por actor central de la sociedad a la empresa existente. Para que ésta sobreviva es necesario establecer aranceles, cuotas de importación, Ley de Salvaguarda, Ley antidumping, verificadoras de importación, complejos permisos sanitarios y devaluaciones que encarecen la vida del ciudadano de a pie. Estas prácticas también se traducen en la destrucción del libre mercado. 

En consecuencia, el socialismo y el mercantilismo tienen en común la destrucción del libre mercado. El primero por razones filosóficas; el segundo por razones utilitaristas, es decir, de conveniencia. Este denominador común es capaz de explicar la existencia de poderosas fuerzas inerciales del status quo, a pesar de la perversidad del mismo. Por ejemplo, cuando el Presidente de Venezuela anuncia, con su visión socialista, que no firmará el ALCA, algunos empresarios se sienten complacidos porque saben que no tendrán que competir y ser eficientes en virtud de que las barreras al comercio no bajarán. Cuando el Presidente despotrica del capitalismo y lo califica de "salvaje", al- gunos empresarios importantes del país ven con beneplácito la diatriba del Presidente porque saben que no habrá competencia.

Esta alianza vituperable entre socialismo y mercantilismo explica la notoriedad que en Venezuela tienen algunas corrientes de opinión. Por ejemplo, Ibsen Martínez escribe: "Si la caja de conversión dolarizadora de Cavallo resultó una m..., esto de los clubes de trueque era directamente un tango". Es decir, un mecanismo que acabó con la inflación en Argentina y, por tanto, durante su existencia preservó la integridad del fruto del trabajo del ciudadano promedio y, en consecuencia, protegió un derecho humano, es un excremento. ¿A quién favorece esta retórica? Al Gobierno, que al no dolarizar puede obtener más recursos vía devaluación, y al empresariado ineficiente en virtud de la devaluación destructora de la competencia.


Sobrevaluación en boca de nosotros los economistas suele significar la conveniencia y/o inexorabilidad de reducir coercitivamente los sueldos y salarios de los ciudadanos a través de la devaluación. En virtud de la devaluación se encarecen las importaciones (mercantilismo) y se le dan más recursos al Estado, viabilizando su propiedad de los sectores básicos de la economía (socialismo). Si el bolívar se sobrevalúa crónicamente, ¿por qué será que no recomendamos que el ciudadano común devengue su sueldo en dólares o euros, el mecanismo más efectivo para protegerlo del atraco de la devaluación? ¿Por qué no clamamos por una reducción del costo de hacer negocios en el país, para propiciar la competitividad de la empresa radicada en Venezuela? A Joseph Stiglitz le conceden el Premio Nobel de Economía en el 2001 por fallas de mercado que emanan de las asimetrías de la información. Al año siguiente lo invitamos a Venezuela. Dicta conferencias en varias universidades y escribe con cierta regularidad en nuestra prensa. ¿Casualidad o intencionalidad promotora del contubernio?

Aclaro: al padre Luis Ugalde le tengo gran respeto como sacerdote. Sin embargo, en sus comentarios públicos sobre materias opinables no deja de asomarse su tendencia socialista, a pesar, en mi opinión, de la ambigüedad de su lenguaje. Así en entrevista reciente en El Universal afirma "...porque el socialismo, si uno lo toma en serio, no es una simple denuncia contra la opresión humana (denuncia que sí es cristiana), sino la búsqueda de una sociedad más justa y con igualdad de oportunidades. El socialismo es un intento histórico concreto por diseñar un modelo económico en la sociedad moderna...". Si buscamos el socialismo romántico, como pareciera sugerir el intelectual Ugalde, ciertamente no vamos a encontrar el capitalismo, única vía demostrada que acaba con la pobreza crítica; pero sí destruiremos la competencia favoreciendo al mercantilismo y los privilegios de unos pocos. 

viernes, 12 de noviembre de 2010

La ignorancia humana y la ingeniería social

Wendy McElroy
The Freeman



A través de gran parte de la historia intelectual, la sociedad ha sido considerada como el resultado del diseño de alguien. En su voluminosa obra de Law, Legislation, and Liberty, el teórico social F. A. Hayek se refirió a esta posición como el “racionalismo constructivista” y replicó vigorosamente contra la misma. En su discurso en ocasión de recibir el Premio Nóbel en 1974, titulado “La Pretensión del Conocimiento,” Hayek expresó un punto de vista diferente acerca de cómo se desarrolló la sociedad:
El reconocimiento de los insuperables límites de su conocimiento debería de hecho enseñarle al estudiante de la sociedad una lección de humildad, que debería prevenirlo de volverse un cómplice en el fatal esfuerzo de los hombres por controlar a la sociedad—un esfuerzo que no solamente lo vuelve un tirano sobre sus compañeros, sino que puede convertirlo también en el destructor de una civilización a la cuál ningún cerebro ha diseñado sino que ha crecido en base a los libres esfuerzos de millones de individuos.

Hayek se opuso a cualquier tentativa de manipular—es decir, planificar y coordinar centralizadamente—la estructura de la sociedad. Creía que tal ingeniería realmente destruiría a la sociedad en lugar de erigirla, la cual era el resultado de la acción humana pero no del diseño humano. Junto al economista austriaco Ludwig von Mises, Hayek proporcionó las que son discutiblemente las mejores críticas de las teorías y de las políticas “constructivistas” que han crecido en popularidad durante el siglo veinte.
Tanto Hayek como Mises habían atestiguado la devastación del liberalismo clásico por parte de dos guerras mundiales, pero particularmente por la Primera Guerra Mundial. En la época de guerra los gobiernos habían afianzado el control centralizado sobre el sector privado para asegurarse un flujo continuo de armamentos y de otros bienes que juzgaban necesarios para la victoria. Los gobiernos habían inflado sus ofertas de dinero a fin de solventar masivos refuerzos militares. Y la guerra había estrangulado el flujo del libre comercio al que los liberales clásicos consideraban un prerrequisito para la paz, la prosperidad, y la libertad. En síntesis, Hayek y Mises habían contemplado cómo el estatismo del siglo veinte reemplazaba al liberalismo clásico del siglo diecinueve.

Si la “guerra es la salud del estado,” como el individualista estadounidense Randolph Bourne lo declarara, entonces Hayek y Mises atestiguaron el impacto de un corolario obvio: a saber, que la guerra es la muerte de la libertad individual. Y que la ingeniería social fue un mecanismo clave mediante el cual esa libertad fue destruida. De hecho, uno de los trabajos iniciales de Mises, Nation, State, and Economy (1919), analizaba las consecuencias desastrosas de la planificación centralizada introducida por la Primera Guerra Mundial.

Pero Hayek y Mises no se oponían meramente a la ingeniería social sobre la base de argumentos utilitarios. Independientemente, cada uno de ellos desarrolló sistemas complejos y sofisticados de la teoría social para explicar cómo las instituciones de la sociedad se evolucionaron naturalmente. Sostenían que las instituciones de una sociedad saludable eran el resultado colectivo e involuntario de la acción humana. Los fenómenos sociales complejos—tales como el derecho, el lenguaje, y el dinero—eran especialmente las consecuencias involuntarias de las interacciones individuales. Por ejemplo, ningún comité o autoridad central decidió inventar el habla humana, para no mencionar el diseñar una lengua tan complicada como el inglés. Actuando solamente para alcanzar sus propios fines, los individuos comenzaron a efectuar sonidos a fin de facilitar el poder conseguir lo que deseaban de otras personas. Así, el habla fue el resultado de la acción humana pero no del diseño humano, y la mismo evolucionó naturalmente en el lenguaje. La evolución puede no haber procedido con eficiencia científica, pero fue lo suficientemente eficiente como para permitir el desarrollo de la civilización. La eficiencia de los programas gubernamentales no tolera la comparación.

No obstante ello, los constructivistas sostenían que una sociedad no planificada es derrochadora y caótica. Con el conocimiento suficiente, podrían manipular una sociedad perfectamente eficiente. No habría más sobrantes ni escaseces. Los mercados de valores no colapsarían, y las monedas no fluctuarían. Tal vez incluso la sociedad pudiese ser diseñada de modo tal que sus miembros se encaminasen al unísono hacia metas sociales deseables, tal como han marchado juntos hacia la victoria en tiempos de guerra.

Hayek puntualizó francamente que el conocimiento que los constructivistas procuraban era inalcanzable. No era posible planificar las dinámicas del mañana basados en cómo actuaron los individuos ayer. La gente era imprevisible. Los seres humanos eran fundamentalmente diferentes de los objetos físicos examinados por las ciencias duras. Un científico podía aprender todo lo que necesitaba saber sobre el movimiento de un objeto, y su conocimiento no cambiaría necesariamente durante el tiempo. Pero los seres humanos actuaban basándose en factores y motivaciones psicológicas que se encontraban ocultos, a menudo aún para ellos mismos. La sociedad no consistía en objetos que podían ser prolijamente categorizados y hechos para obedecer las leyes de la ciencia. La sociedad consistía de individuos erráticos e imprevisibles.

Mises efectuó una puntualización similar acerca de la teoría monetaria. Demostró que aún la aparentemente objetiva herramienta del cálculo monetario—del tipo que la gente utiliza informalmente para decidir, por ejemplo, si pedir un aumento—es ineficaz para una planificación social más amplia. En el mejor de los casos, los precios eran un antecedente histórico; el precio del pan es un precio del pasado, incluso si el pasado fuese muy reciente. Esta información podría crear la anticipación de cuál podría ser el precio del pan mañana, pero la misma no podría predecir nada. Una escasez de pan podría hacer disparar su precio. Por otra parte, emplear el ayer para manipular el mañana iba en contra de un principio fundamental de la acción humana: el principio del cambio inevitable.

En La Acción Humana: un Tratado de Economía (1949), Mises comentaba, “La acción humana origina el cambio. En la medida que haya acción humana no hay estabilidad, sino alteración incesante. . . Los precios del mercado son hechos históricos expresivos de una situación que prevaleció en un instante definido del proceso histórico irreversible. . . .. En el imaginario—y, por supuesto, irrealizable—estado de rigidez y estabilidad no hay cambios a ser medidos. En el mundo real del cambio permanente no hay puntos fijos. . . ”

Desde Nation, State, and Economy a su obra magna, La Acción Humana, Mises elocuentemente objetó la posibilidad de adquirir el suficiente conocimiento como para dirigir a la sociedad. Igualmente, desde el trabajo The Sensory Order: An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology (1952, pero aparentemente basado en el trabajo que realizara en 1919 y 1920) hasta su mucho más popular El Camino de Servidumbre (1944), Hayek integró campos tan diversos como la epistemología y la economía para formar una teoría social que le negaba cualquier validez a la planificación centralizada.
A través del trabajo de estos teóricos, dos conceptos cercanamente relacionados emergen una y otra vez: el individualismo metodológico y el orden espontáneo. Estos conceptos son fundamentales para entender por qué Hayek y Mises tan inflexiblemente rechazaban a la ingeniería social.

El Individualismo Metodológico

En La Acción Humana, Mises ofrecía una descripción de lo que denominaba “El Principio del Individualismo Metodológico”: “Primero debemos percatarnos de que todas las acciones son realizadas por individuos. . . Si escudriñamos el significado de las distintas acciones desarrolladas por los individuos debemos aprender necesariamente todo acerca de las acciones de los todos colectivos. Pero un colectivo social no posee existencia y realidad alguna fuera de las acciones de los miembros individuales.”

Mises sostenía que los todos colectivos—tales como “la familia” o “la sociedad”—no eran nada más que la suma de los miembros individuales que los constituían. Tales todos eran abstracciones útiles para indicar la interacción de los individuos en un contexto específico. La “familia” indica un conjunto de interacciones, el “club de canasta” otro.
Al reducir el funcionamiento del grupo a su elemento más básico—los actos de los individuos—Mises no negaba la importancia de los todos colectivos. Todo lo contrario. Mises explicaba que “el individualismo metodológico, lejos de disputar la significación de tales todos colectivos, la considera como una de sus tareas principales para describir y analizar su surgimiento y su desaparición, sus cambiantes estructuras, y su operación. Y el mismo escoge el único método adecuado para resolver satisfactoriamente este problema.”

Para decirlo de otro modo, el individualismo metodológico era una poderosa herramienta analítica que podía ser utilizada para descubrir los principios en base a los cuales un grupo de personas interactuaba. Era el mejor método con el cual comprender a la sociedad.

El Individuo como una Abstracción

Con el surgimiento del marxismo, aquellos que favorecían el individualismo metodológico fueron a menudo acusados de “atomismo” o de reduccionismo. Los marxistas fueron muy lejos en cuanto a afirmar que era el individuo, y no la sociedad, quien constituía una verdadera abstracción. En su forma extrema, estos holistas sociales negaban incluso que el individuo existiese sin la sociedad. Como Mises lo observara, “la noción de un individuo, dicen los críticos, es una abstracción vacía. El verdadero hombre es necesariamente siempre un miembro de un todo social.”

Karl Marx sostenía este punto usando una clase de ejemplo de Robinson Crusoe. Marx afirmaba que un individuo que crecía aislado en una isla desierta no sería un ser humano. El nudo de su argumento era que los seres humanos son organismos sociales—construcciones sociales, si lo prefiere—quienes no pueden ser removidos del contexto que los define y continuar siendo seres humanos. El Robinson Crusoe adulto era claramente un ser humano, pero su humanidad resultaba de una historia de socialización previa. El lenguaje, el pensamiento, el arte—todo lo que hizo humano a Crusoe había resultado de su vida en comunidad. Invirtiendo la lógica misesiana, Marx sostenía que el todo colectivo llamado “sociedad” creaba a sus miembros individuales, quienes podían ser entendidos tan solo examinando las reglas de esa sociedad. Marx dio un paso adicional e intentó extender los principios y la metodología de las ciencias duras—tales como la previsibilidad y el control—a la sociedad.

Los liberales clásicos contrarrestaron diciendo que una persona que ha sido criada en el aislamiento completo aún sería un ser humano. Por ejemplo, tendría una escala de preferencias y actuaría para alcanzar a la más alta de ellas primero. Es cierto, que sin la interacción social, las principales potencialidades dentro de la humanidad de la persona nunca se desarrollarían o serían expresadas. Por ejemplo, no habría razón para desarrollar las habilidades del lenguaje y ninguna posibilidad de convertirse en padre. Si el individuo aislado fuese rescatado y colocado dentro de la sociedad, sin embargo, sus potencialidades no expresadas podrían emerger perfectamente. Pero cualesquiera fuesen las características desarrolladas, las mismas emergerían de su propio potencial inherente como un ser humano y serían el resultado de las interacciones individuales que experimentó. Las características no emergerían debido a que un todo colectivo llamado “sociedad” las definió en existencia.

Los liberales clásicos no combatieron la afirmación de que los grupos poseían una dinámica acumulativa que era diferente a la dinámica del hombre aislado. Después de todo, solamente en sociedad surgieron los intercambios intelectuales y económicos. Pero creían que las diferencias podrían ser explicadas desdoblando la dinámica del grupo en las intrincadas interacciones de los individuos que lo constituían. Por ejemplo, todo lo atinente a una conversación podía ser desdoblado en las declaraciones, el lenguaje corporal, y las acciones de los individuos implicados. Nada sobre la conversación requería principios de explicación adicionales.

Este enfoque metodológico funcionaba para analizar incluso a todos colectivos extremadamente complejos tales como “el Estado.” Todo lo que el Estado hizo o era podía ser reducido a las acciones individuales. Como Mises lo explicaba, “el verdugo, no el Estado, ejecuta a un criminal. Es el significado de aquellos interesados lo que discierne en la acción del verdugo a una acción del Estado.” Los individuos que observan al verdugo ven el Estado en acción solamente porque una abstracción conocida como “el Estado” proporciona un contexto para su acción. Igualmente, la gente nunca ve u oye verdaderamente a una conversación del grupo. Todos lo que ven u oyen son individuos hablando, y etiquetan a la suma de su intercambio como una “conversación del grupo.”

El individualismo metodológico tuvo implicancias profundas para la teoría de la ingeniería social. Si los todos colectivos eran un “proceso mental” dentro de los individuos antes que entidades concretas con existencia independiente, entonces no tenía sentido alguno sostener que existían reglas y las características únicas que se aplicaban a los colectivos y no a los individuos. El individualismo metodológico removió a los todos colectivos de un reino objetivo gobernado por los principios científicos y los regresó al reino subjetivo del juicio y de las preferencias humanas. En vez de ser capaces de diseñar instituciones sociales, tales como los bancos, para funcionar junto a los principios científicos, los ingenieros sociales fueron reducidos a individuos reguladores. Fueron involucrados en la planificación de cómo los seres humanos expresarían sus preferencias en el futuro—un conocimiento que los propios individuos raramente poseían. Y sin embargo, un interrogante subsiste. Sin planificación, ¿cómo puede mejorar la sociedad? Parte de la respuesta será encontrada en el segundo concepto que ronda la obra de Hayek y de Mises

El Orden Espontáneo

Durante el siglo dieciocho, teóricos como Adam Smith comenzaron a examinar el impacto que las consecuencias no queridas de la acción humana tenían sobre la sociedad. Éstas eran las consecuencias colectivas que se amplificaban como un resultado de los individuos persiguiendo sus propios intereses individuales. Por ejemplo, si veinte personas caminaban la distancia más corta a través de un campo, un sendero tosco a través del campo sería establecido. Pero el forjar el sendero sería una consecuencia involuntaria de la meta consciente de cada individuo—alcanzar el otro lado rápidamente.

Smith venía a creer que la sociedad y sus instituciones podían ser comprendidas de la mejor manera posible mediante la referencia a tales consecuencias no queridas. Considérese el precio del pan de ayer. Nadie legisló cuánto se encontraba usted dispuesto a pagar el pan ayer. Ese precio resultó de factores imprevisibles tales como cuán altamente usted apreciaba al pan veinticuatro horas atrás. La institución social del precio, por lo tanto, ha sido establecida espontáneamente. La misma era también auto-correctiva; es decir, el precio espontánea y rápidamente fluctuó para reflejar los factores cambiantes, tales como la disponibilidad de pan. Y porque tales cambios eran imprevisibles, sólo una respuesta espontánea—no una pre planificada—podía responder adecuadamente.

Ningún escritor contemporáneo ha explorado la idea de las instituciones sociales espontáneas y autocorrectivas en mayor profundidad que Hayek. En su ensayo “Principios de una Orden Social Liberal,” Hayek abordó una objeción que él encontraba a menudo. Escribió: “Mucha de la oposición a un sistema de libertad bajo leyes generales surge de la inhabilidad para concebir una coordinación efectiva de las actividades humanas sin la organización deliberada por parte de una inteligencia comandante” (Studies in Philosophy, Politics and Society, 1960).

Para los holistas sociales, el “orden” y la “eficiencia” eran conceptos que parecían estar ligados juntos. Mises y Hayek acordaban, pero utilizaban una definición diferente de “orden.” Para los holistas sociales, la palabra parecía conjurar visiones cuasi-militares de una sociedad marchando hombro a hombro hacia una meta común. La misma se encontraba incorporada en planes quinquenales que reducían el funcionamiento de la sociedad a ecuaciones matemáticas. Por el contrario, el orden al que adherían Mises y Hayek era uno espontáneo en el cual los individuos perseguían sus propios y diversos intereses sin la coordinación de una autoridad central.

¿A qué se parece dicho orden? Un ejemplo clásico es el Mercado de Valores de Nueva York, el cual fue creado como un lugar en el cual las acciones podían ser compradas y vendidas de lunes a viernes a partir de las 9 de la mañana y hasta las 4 de la tarde. Ninguna autoridad predominante establecía los precios, límites de volumen, etc. Estos eran establecidos por los bolsillos de los individuos que perseguían sus propias preferencias de una manera que se asemejaba al caos. Vociferando en el piso, que se encontraba dispuesto a comprar la acción ABC al precio X, un comerciante intentaba perseguir nada más que las preferencias de su cliente. Pero una consecuencia involuntaria de su acción era el establecimiento de un precio general para la acción ABC.

El orden espontáneo puede asemejarse al caos. En palabras de Hayek, es la clase de orden “cuya justificación en el instante particular puede no ser reconocible, y el cual. . . aparecerá a menudo ininteligible e irracional.” (“Individualismo Verdadero y Falso” en Individualism and Economic Order, 1948) Irónicamente, esta semejanza al caos puede indicar un aspecto de por qué el orden espontáneo es eficiente. Después de todo, las circunstancias cambiantes a las cuales esta clase de orden responde no poseen algún orden lógico o predecible. Así como el piso de la negociación de un mercado de valores no puede funcionar según las reglas de etiqueta de la Srta. Manners, también una sociedad dinámica requiere de instituciones con fluidez.

De hecho, la principal ventaja de un sistema de toma de decisiones descentralizado puede bien ser su capacidad para ajustarse constante y rápidamente a las circunstancias cambiantes. Allí donde la ingeniería social exige un futuro estable y un conocimiento divino del presente, el orden espontáneo reconoce e incorpora la inevitabilidad del cambio y la insuficiencia del conocimiento humano.
Un individuo conoce tanto como es posible conocer sobre sus propias preferencias y actos futuros. Cuanto más lejos usted se mueve del individuo, menos confiables se torna la información—y menos perfectas las consecuencias de la toma de decisiones.

Divergiendo desde un Punto Común

Hay un sentido en el cual tanto Hayek como Mises basaron sus argumentos para la libertad individual sobre la ignorancia humana. En La Constitución de la Libertad (1960), Hayek reconoce que la necesidad de libertad “descansa principalmente en el reconocimiento de la inevitable ignorancia de todos nosotros en lo referente a muchos de los factores sobre los cuales dependen el logro de nuestros fines y el bienestar.” Irónicamente, los constructivistas emplean en gran medida el mismo argumento para su posición: los seres humanos no son naturalmente perfectos, por lo tanto la sociedad debe ser dirigida y diseñada. Desde un punto de acuerdo común—es decir, la insuficiencia del conocimiento humano—las dos partes alcanzan conclusiones diametricalmente opuestas.

Traducido por Gabriel Gasave