martes, 26 de octubre de 2010

Voto por Ninguno

Por Alberto Mansueti

1. El sistema. ¿Qué “sistema”? ¿Cuál es el sistema? En América latina reina por doquier un estatismo “social-mercantilista”, digitado por los jefes de la izquierda y los grandes empresarios del Establishment económico. Los medios de prensa cumplen la función de adoctrinadores, junto con las escuelas, liceos y universidades controladas por el Estado. Y cada día el sistema se halla más penetrado por los temas, propuestas y chifladuras propias de la PC (“política correcta”).

El instrumento electoral del sistema son las elecciones dobles. ¿Cómo es eso? En los procesos electorales hay dos “momentos”, dos instancias. En la primera, y entre bastidores (nadie sabe cómo), y en su calidad de “Grandes Electores” como los príncipes y reyes del Imperio romano-germánico, los ínclitos miembros de la casta gobernante preseleccionan y escogen a los candidatos presidenciales: todos del sistema. Luego, los elegidos se dejan ver y escuchar en público, pero todos más o menos con el mismo discurso populista de siempre: “…escuelas, hospitales, bla bla bla…” En la segunda instancia, ponen a la gente a “decidir” entre uno u otro de estos aspirantes, todos muy parecidos.

El mismo método se usa en las elecciones para congresistas y autoridades regionales y locales (con un elemento novedoso que agrava el cuadro: narcofinanciamiento de campañas). Así de esta manera, y poniendo a la gente a optar entre el social-estatista A y el social-estatista B, ¡el sistema nunca pierde!

2: Las leyes malas y el “Pacto Social”. El instrumento de gobierno por antonomasia del sistema son las leyes malas, que traducen las “políticas públicas” estatistas en normas y reglas concretas, efectivas y obligatorias, y las eternizan para siempre. La discontinuidad, de la que tanto se quejan y protestan los corifeos del sistema es sólo aparente, no es real, como asimismo el “cambio” que siempre pregonan.

En lo económico y social hay dos clases de leyes malas: mercantilistas y “sociales”. Las primeras son las leyes “proteccionistas”, que les aseguran a los empresarios formales y establecidos sus prebendas, privilegios y nichos monopolistas. Para ellos, la filosofía del sistema es: “Los ricos estamos completos”.

Estas reglas restringen la competencia, y conspiran así severamente contra el ahorro, la inversión, la actividad económica, y el empleo; es decir: impiden la creación masiva de riqueza, y de puestos de trabajo productivo y bien remunerado. ¡Crean pobreza! Sin embargo, en el Parlamento son sancionadas por “la derecha” y la izquierda sumadas. ¿Cómo? ¿Qué ha pasado? Un intercambio, que llaman “Pacto Social”, y que inventaron los conservadores y laboristas en Inglaterra, y después copiaron los demócratas y republicanos en EEUU.

El “Pacto Social” funciona de este modo: la izquierda presta su aprobación y aplauso a las leyes mercantilistas anticompetitivas, a cambio del apoyo de “la derecha” para las leyes “sociales”, ese supuesto remedio a los males causados por el mercantilismo, pero que no resuelven ni alivian el desahorro ni la desinversión, ni el desempleo, ni las pésimas condiciones para el comercio y la producción. Al contrario: las agravan, porque hacen más alto el costo del aparato burocrático y clientelar del gobierno, financiado con impuestos, deuda e inflación; y también hacen más caros y más difíciles los negocios particulares. ¡Aumentan así la pobreza! Para las izquierdas, la filosofía del sistema es: “Con tan preciosas leyes para pobres, tu no necesitas ser rico”.

Mercantilismo, socialismo e intermediación política son los componentes esenciales del sistema de “redistribución de la (escasa) riqueza” (creada por las empresas mercantilistas) que llaman Welfare State o Estado de Bienestar (de los estatistas). Harry Browne, del Partido Libertario USA, lo dice con estas palabras: “El estatismo te rompe tus piernas, y luego te da unas muletas. Y te dice: sin nosotros, ¡no tendrías muletas!”

Sí, es gracioso, y trágico. El sistema no funciona, al menos para la inmensa mayoría. Y el colmo: los personeros del sistema nos dicen que el problema es la “ingobernabilidad”. O sea: que no somos lo bastante sumisos, no nos dejamos “gobernar”, ¡como animales de hacienda!

3. “Neo-liberales”, mencheviques y bolcheviques. Para hacerlo todavía más cómico, y como parte del circo electoral, algunos candidatos se presentan como más identificados con el lado mercantilista del sistema, y otros con su lado “social”.

Los primeros se conocen como “Neo-liberales”, y proponen seguir con las reformas de los ‘90 inspiradas en el Consenso de Washington y alentadas por el FMI-Banco Mundial, que a la postre resultaron una continuación del estatismo mercantilista por otros medios. Los segundos son los socialistas económicos, y los hay en dos variedades: “revolucionarios” o bolcheviques, más proclives al uso de la fuerza bruta y la violencia, y los democráticos, “fabianos” o mencheviques, más inclinados a emplear el adoctrinamiento y el voto, o sea la mentira y el engaño. A la economía los socialdemócratas la matan lentamente, y los comunistas más rápido, mientras los mal llamados Neo-liberales (con poco o nada de liberales clásicos) tratan su cáncer con paños tibios y analgésicos.

Con estas variantes, la gente cae en la trampa del “Voto por el menos malo”. La mitad aproximadamente de los Presidentes latinoamericanos fueron elegidos en cada caso como el peligro menor, “el menos malo”, comparados con otro supuestamente peor, “el más malo”, que una vez descartado queda esperando el próximo turno electoral. ¿Y la otra mitad? Son los supuestos “más malos”, porque el recurso de votar al “menos malo” no siempre funciona.

Pero cada vez más, las diferencias entre “Neo-liberales”, mencheviques y bolcheviques se reducen o desaparecen, porque todos ceden ante el empuje de la “Política Correcta” (PC), y adoptan su agenda completa: ecologismo, feminismo “de género”, indigenismo multiculturalista y tópicos conexos y afines del socialismo cultural. ¡Todos los candidatos hablan el mismo lenguaje, y compiten a ver cuál es más “correcto”! Por eso recurren a que uno es hombre y la otra mujer, o que uno es negro y el otro blanco o indio, o uno es “político” y el otro “técnico” (!)

4. Marxismo cultural. Hay dos clases de marxismo: económico y cultural. El primero es el de Karl Marx, el de los bolcheviques (Lenin) y los mencheviques (Martov); el segundo es el de Friedrich Engels, Antonio Gramsci, Theodor Adorno y Herbert Marcuse. Ese es el de la revolución sexual, la “deconstrucción” y el posmodernismo, y Mayo del ’68, en París y en Berkeley, California.

La meta del marxismo económico era la apropiación y control por el Estado de los medios de producción. Pero resulta que ya se ha logrado en todo el mundo, no al estilo bolchevique --que fracasó en la URSS, Europa del Este, China, Cuba, etc.-- sino al uso menchevique, sin violencia: mediante el voto. Por eso, ya en parte alguna hay gobiernos limitados al estilo liberal clásico, ni mercados libres --con sólo intervenciones judiciales contra el fraude y la violencia una vez cometidos-- y estricto respeto a la propiedad privada.

Cuando la gente pregunta: “¿Y en qué país se aplica el gobierno limitado?”, la respuesta es: “Estrictamente en ninguno”. En todos ellos los socialistas han instalado Super-gobiernos todopoderosos, han maniatado los mercados con infinitas regulaciones, y han decretado límites muy estrechos a la propiedad privada, entre ellos los impuestos y la inflación. Y sin disparar un tiro ni un cañonazo.

El caso es que cumplidos los fines del marxismo económico, su agenda ha sido desplazada por la del marxismo cultural. Su objetivo es la apropiación y control por el Estado de los medios de comunicación, información, cultura y entretenimiento, con miras al fin último de supeditar y extinguir a las instituciones privadas no económicas: el matrimonio y la familia principalmente. La “política correcta” es su agenda, y el doble lenguaje su arma principal.

5. “Política correcta” y doble lenguaje. Como George Orwell lo anticipara en su genial novela “1984”, se redefine y manipula cada palabra, para significar algo distinto y a veces opuesto o contrario. Así por ej. “multiculturalismo” no significa coexistencia de culturas sino acabar con una en particular, y sus valores: la cultura occidental. “Salvar el planeta” o “mejorar la educación” no es tratar con la polución ambiental o el fracaso escolar sino dar más dinero y poder a los burócratas. “Manejo de los recursos energéticos” no es más producción y comercio de energía, es menos consumo. “Política de salud” no es curar a las personas sino controlar lo que comen, beben o usan; “planificación familiar” no trata de procreación y familia sino de contracepción y aborto. “Violencia doméstica” es afirmar que el matrimonio y la familia no sirven, y que el Estado es el mejor marido para las mujeres y el mejor padre para los hijos. Desde luego, “tolerancia” no significa respeto sino relativismo: todo es relativo excepto los temas y posiciones de la PC.

¿Cómo distinguimos la “política correcta”? Muy simple: sus tópicos son absolutamente mandatorios, y quien les cuestiona o contradice es condenado al silencio y a la desaparición, y se convierte en no-persona, un ser inexistente para los medios y la escena pública.

6. Fuera del sistema. En este sistema no hay lugar para los profesionales independientes, ni los pequeños empresarios informales, o los técnicos y obreros más calificados. Por eso emigran los mejores y más empeñosos, tanto de las capas medias como de las clases populares: votan con los pies. Impedidos de cambiar el país (para mejor), entonces cambian de país.

Afrontando peligros y penurias, y corriendo con diferente suerte, cada año huyen millones de personas de los países latinoamericanos, y con ellos se escapa la posibilidad de cambiar el sistema, porque ellos son los potenciales líderes, abanderados y activistas militantes de la causa liberal de verdad: anti-sistema.

7. Confusiones y mitos de la clase media. Víctima de una pedagogía embrutecedora, absorbe todos los tópicos de ambos marxismos, económico y cultural, con toques “espirituales” de la Nueva Era, el opio de la clase media. Y cae en numerosos malentendidos, que nos impiden progresar. Ejemplos:

i) La clase media cree que “las leyes no son malas, el problema es que no se cumplen”, ignorando que se cumplen de maneras perversas: impidiendo nuevas inversiones, la creación de nuevas empresas o el crecimiento de las existentes, la generación de nuevos empleos y el enriquecimiento de los actuales. ii) “El mal es la corrupción”, se indigna moralizante la clase media. Desconoce que la corrupción es connatural al estatismo, y la desestatización el único remedio; pero sin embargo la clase media ¡adversa decididamente toda privatización! iii) Se escandaliza la clase media con la narcopolítica, pero se resiste a la despenalización de la droga porque no hay forma de que entienda que es la solución al problema de la violencia y las mafias, no al problema del consumo o la adicción. iv) “El problema es la educación” repite hasta el cansancio, sin advertir que cada año hay más graduados universitarios conduciendo taxis o vendiendo empanadas, y que siendo la enseñanza demasiado importante, es poco sabio confiar al Estado la tarea docente, o el control sobre las aulas.

Y lo peor es que las capas medias contaminan a los sectores populares con todas sus confusiones y prejuicios. No obstante, entre la misma clase media está naciendo en distintos países un movimiento espontáneo a favor de la abstención, el voto en blanco o nulo (dependiendo de cada ley electoral) como protesta antisistema.  Tal vez sea algo bueno, que conviene apoyar.

8. Cristianos. Contra lo que corrientemente se piensa, la Biblia habla de política, y mucho. Además, prescribe un sistema específico de gobierno, y ese sistema no es el estatismo sino su opuesto: el gobierno limitado. En más de 2000 años de historia cristiana, así lo confirman los autores prominentes de todos los credos y denominaciones, hasta fines del s. XVIII. En ese entonces las iglesias comienzan a abrazar el estatismo y el socialismo, y en cambio la rama escocesa de la Ilustración adopta la doctrina del gobierno limitado, gracias a la influencia calvinista en Escocia, que desde 1812 se llama “liberalismo”. Pero los cristianos de hoy nada saben de esto, porque sus sacerdotes, pastores, líderes y maestros no están enterados de ciertas raíces cristianas del capitalismo liberal. Y del marxismo cultural sólo conocen el aborto y el “matrimonio gay”.

Con un fervor y un entusiasmo digno de mejor causa, a los cristianos católicos y evangélicos les atrae el ejercicio político, y el poder. No es necesario animarlos, ¡hay que detenerlos más bien! pues activan sin descanso y aún lideran opciones políticas que sirven al cesarismo y a los Césares de turno: socialistas, socialdemócratas o social “cristianas”. Creen que el sistema va a funcionar cuando estos jefes políticos corruptos e inmorales sean sustituidos por cristianos honestos y decentes. Creen en cambiar de políticos sin cambiar de políticas. ¡Una locura!

9. Liberales. Los grupitos liberales creen en lo opuesto: cambiar de políticas sin cambiar de políticos. ¡Otra locura! Se dedican a editar y publicar a los clásicos, y a escribir artículos, ensayos y libros, esperando “convertir” a los socialistas, para que hagan ellos las reformas liberales. Les parece que un socialista es un tipo que simplemente no sabe Economía, y basta que lea a Mises, Hayek o Friedman para que advierta sus errores. Con casi un siglo de retraso en el tiempo, y muy enfrascada en agotadoras querellas entre facciones domésticas --randistas, ancaps, “centristas” (socialdemócratas moderados), etc.-- la dirigencia intelectual del liberalismo clásico no se ha enterado que el socialismo cambió la agenda, tiene una nueva. Y la economía era punto relevante de la vieja agenda, por eso poco se habla del tema (y no precisamente para discutir el sistema); ¡la moda de opinión es ahora si los “gays” adoptan niños o no! Las cúpulas de sus “think-tanks” están muy mal preparadas para enfrentar al marxismo cultural, del cual pocos liberales son conscientes, y muchos incluso adhieren a sus consignas.

Para colmo, al liberal no le atrae la actividad política. No le interesa recoger fondos, ni recoger firmas, prosélitos o cuadros, ni polvo en los zapatos. Ni sumar votos. ¡Hay que empujarlo más bien! Parece ignorar que el socialismo (como el mercantilismo, otra forma de estatismo) no es sólo un error: es un modo de vida para los socialistas. Y una vida muy regalada, que no van a cambiar voluntariamente, pues en tal caso tendrían además que admitir que la suya es una conducta no ética. Porque es una forma de vida inmoral, dependiente de un sistema basado en la usurpación ilegítima de funciones, poderes y recursos privados por parte del Estado y sus personeros. Más que un equivocado, el socialista es un aprovechado y un abusador. Y rehusa admitirlo, por eso esgrime toda clase de justificaciones aún cuando no son verdaderas, y su falsedad es harto demostrable. Total, ¡la PC le proporciona un buen caudal de nuevas justificaciones cada día! Es obvio que no va a leer autores liberales, no porque sea burro o tonto, más bien porque sabe perfectamente de qué vamos, y no va a cambiar a menos que se le obligue… no por la razón y la evidencia, sino por la fuerza o los votos.


Ante este panorama, y mientras tanto los liberales se deciden a recoger fondos y firmas para hacer ese partido que sea la expresión política de quienes quedan fuera del sistema, la alternativa a la emigración, y una casa política propia para todos los identificados con el gobierno limitado (cristianos y no cristianos),
…y mientras tanto ese partido llena el Congreso de diputados liberales para derogar todas las leyes malas, revirtiendo el “Pacto Social” de modo análogo a como fue impuesto: cambiando la derogación de las leyes malas socialistas por la derogación de las leyes malas mercantilistas;
…y se genera una fuerte corriente de opinión para sostener y alimentar ese partido, y para  dar contención apropiada al marxismo cultural, preservando la familia e instituciones privadas de las intromisiones estatales con fines controlistas y destructivos,
…¿no es hora de pensar en la abstención, o el voto en blanco o nulo, como protesta activa, militante, y radicalmente anti-sistema?
¿O seguimos votando por “el menos malo”?

martes, 12 de octubre de 2010

Abraham Lincoln, forjador de una nueva unión

Los Estados Unidos de América son un pueblo cuyo nombre cuenta parte de su propia historia. El plural obedece a que en un primer momento fueron un conjunto de colonias británicas que decidieron rebelarse contra la metrópoli y se constituyeron en Estados independientes. Luego, soberanamente, decidieron unirse en una confederación. Más adelante tomaron la decisión de disolverse como tal y vincularse por medio de una federación.
La secesión es el origen de este pueblo. El segundo párrafo de la Declaración de Independencia, que no suele citarse entero, dice lo siguiente:
Consideramos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales; que están dotados por el Creador de derechos inalienables, entre los cuales están [los derechos a] la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Que para asegurar esos derechos los hombres instituyen gobiernos que derivan sus poderes del consenso de los gobernados. Que cuando cualquier forma de gobierno se convierte en destructiva a tales fines, es derecho de las personas alterarla o abolirla e instituir un nuevo Gobierno, que siente su fundación en tales principios y organice sus poderes de tal manera que sea para ellas el más adecuado para hacer efectiva su seguridad y su felicidad.
Se ha intentado asentar la teoría de que la Constitución no se basa en el acuerdo de los Estados, sino que es el pueblo de los Estados Unidos, "We the people...", el que crea la nueva nación. Es un ejercicio de lógica creativa, ya que no se disolvió ningún Estado y todos los documentos fundacionales, desde la Declaración de Independencia a los artículos de la Confederación y a la propia Constitución, se refieren a los Estados como "libres e independientes" . Al firmar la Constitución, tres de ellos (Nueva York, Rhode Island y Virginia) se reservaron explícitamente el derecho a desasirse del acuerdo constitucional si se violaban sus libertades; derecho que de forma tácita aceptaron, para éstos y para sí mismos, el resto .

Interposición, anulación y secesión

El Estado de Massachusetts invocó su derecho de secesión en cuatro ocasiones. La primera, en los primeros días de la misma de la unión, cuando los Estados discutían sobre el reparto de sus respectivas deudas. La segunda, en 1803, cuando Thomas Jefferson se saltó la Constitución y compró Louisiana, a raíz de lo cual el país prácticamente dobló su extensión. El Norte, pro británico, vio la compra con recelo, y el revolucionario Massachusetts volvió a invocar su derecho a soltar amarras.
En 1807 se le presentó una nueva ocasión de esgrimirlo, y no la dejó pasar. La política de Jefferson de autobloqueo ante los productos británicos (formaba parte de lo que aquél denominaba "coacción pacífica" a Inglaterra, su alternativa a la guerra) encendió la indignación del Norte, que exigía respeto a su derecho al libre comercio, como harían medio siglo después los confederados. El 5 de febrero de 1809, las dos Cámaras de Massachusetts anularon la ley de embargo por "injusta, opresiva e inconstitucional" y declararon que sus ciudadanos no estaban "legalmente sujetos" a ella. Las Cámaras de Rhode Island y Connecticut prohibieron cualquier cooperación con los funcionarios federales que intentasen hacer cumplir el embargo, y Nueva Inglaterra y Delaware declararon la nulidad del susodicho sobre la base de los principios de 1798.

Lo mismo ocurrió en la crisis de 1812. Con mucho esfuerzo, Estados Unidos había evitado el conflicto franco-británico, pero finalmente se vio obligado a guerrear contra la antigua metrópoli. Gran Bretaña había logrado bloquear el comercio, con enorme perjuicio para Nueva Inglaterra, que quería acabar con la guerra a toda costa. El inquilino de la Casa Blanca, el virginiano Madison, exigió a Massachusetts y a Connecticut que pusieran las milicias locales a sus órdenes, pero rehusaron hacerlo. Madison, entonces, se negó a seguir pagando sus gastos, lo cual acabó con la paciencia de ambos estados... y con la de Rhode Island, Nueva Hampshire y Vermont. Todos ellos acabaron celebrando una convención en Hartford, Connecticut.

El gobernador de este último estado alegó que la geografía y el poder favorecían al Sur, y el senador de Massachusetts Timothy Pickerin recordó que la secesión era el principio de la Revolución Americana. "Prefiero anticipar una nueva confederación, exenta de la influencia deleznable y corruptora de los demócratas aristocráticos del Sur", sentenció. Las mismas ideas, dadas la vuelta, esgrimirían posteriormente los confederados.

Los estados reunidos en Hartford recordaron las resoluciones de Kentucky y Virginia de 1798, escritas respectivamente por Thomas Jefferson y James Madison, en las que recordaban los principios fundacionales de los Estados Unidos y la teoría del acuerdo (compact) entre Estados, según la cual cada uno de éstos tenía la capacidad de decidir si seguir en dicho acuerdo y de juzgar si el poder federal había violado los poderes que le otorgaba la Constitución. Puesto que cada estado era depositario del derecho político que dio origen a la Constitución y a las instituciones allí recogidas, todos tenían los derechos de interposición y anulación; es decir, que cada estado era intérprete de la Constitución y tenía el derecho de declarar nula una ley federal que violase la Carta Magna, sus derechos o los de sus ciudadanos. Las referidas resoluciones fueron escritas a raíz de la aprobación, durante la Administración de John Adams, de las leyes de extranjería y sedición, que menoscababan los derechos de los ciudadanos de los Estados Unidos.

La cuarta ocasión tuvo lugar en 1848. Massachusetts volvió a airearla luego de la anexión del Estado de Tejas. Por otro lado, el Norte volvió a plantearse su derecho de anular leyes federales cuando se pusieron en marcha las Leyes de Esclavos Fugitivos (1850).
Massachusetts no era un caso aparte, ni mucho menos, de pasión por el autogobierno, como queda de manifiesto en la historia del segundo banco central de los Estados Unidos, contra el que libró una dura batalla el presidente demócrata Andrew Jackson. Los estados del Norte le asistieron en la lucha, cargando a la referida institución con tantos impuestos como para hacerla desaparecer de sus dominios. Así las cosas, el presidente del Tribunal Supremo, el federalista John Marshall, emitió su célebre dictum: "The power to tax is the power to destroy", y negó a los estados el derecho a hacer lo que estaban haciendo. Pero las Cortes de Ohio no consideraron la opinión del Supremo más importante que la suya propia a la hora de interpretar la Constitución y, citando expresamente las resoluciones de Kentutky y Virginia, resolvieron que los estados tenían "igual derecho a interpretar la Constitución por sí mismos".

Hamilton, Clay, Lincoln

La tradición política de los Estados Unidos era, pues, muy refractaria al centralismo, a engordar el Gobierno federal. La Constitución listaba expresamente cuáles eran sus poderes, "pocos y definidos", según explicaba James Madison en El Federalista. Ahora bien, el poder siempre ha tenido quién le defienda y dé cobertura. En EEUU, Alexander Hamilton concibió un sistema mercantilista que heredó y perfeccionó Henry Clay, el genio whig de la política estadounidense, que incluso le puso nombre: Sistema Americano.

El partido whig se creó como reacción al cierre del segundo Banco de los Estados Unidos, ordenado por Andrew Jackson, y fue en su seno que se articuló el sistema americano de Clay, que se mantuvo fiel a dicha formación hasta el colapso de la misma, en los años 50. Entonces, en 1856, se sumó al Partido Republicano, del que sería su primer presidente. Sus objetivos políticos quedan claros en esta declaración de 1832 de su más fiel discípulo:
Presumo que todos saben quién soy. Soy el humilde Abraham Lincoln. Son muchos los amigos que me han pedido que me convierta en candidato para el Congreso. Mi programa es breve y dulce como el baile de una mujer vieja. Estoy a favor de la banca nacional, del sistema de mejoras internas y de una aduana proteccionista .
Nació Abraham Lincoln en una familia de Kentucky "sin distinción alguna"; pero en aquel país cualquier persona podía llegar a lo más alto en la economía o en la política, como demostraría nuestro hombre. Se dedicó a la abogacía y se especializó en la defensa de la pujante industria del ferrocarril. Hoy le llamaríamos "lobista", una profesión perfectamente legítima que consiste en abogar por los intereses de un determinado colectivo. Fue el mejor y el más destacado de los de su época; y se hizo rico, debido en parte a su elevado caché (llegó a rechazar un sueldo inicial de 10.000 dólares) y en parte a enjuagues poco honrados, como cuando compró terrenos en Council Bluffs (Iowa) –lejos de su zona de actuación: el estado de Illinois– poco antes de que el Gobierno subsidiara la puesta en marcha de un ferrocarril transcontinental con parada en... Council Bluffs.

Lincoln, un hombre del ferrocarril, defendía que el Gobierno derramara fondos públicos en abundancia sobre esa industria y otras aledañas, como la de los canales. Ambas formaban parte de lo que se conocía como internal improvements, o "mejoras internas", es decir, el fomento de ciertos sectores con dinero público. Con mucho dinero público. Los estados servían a ese propósito, pero Hamilton, Clay y Lincoln sabían que las mejoras internas necesitaban de un Gobierno federal con recursos ingentes, y que la mejor manera de dotarle de ellos era tirar de los impuestos y la inflación.
El de aduanas era el principal de los tributos: aportaba al Gobierno federal el 90 por ciento de sus ingresos . Ahora bien, lo que pretendían los republicanos y el propio Lincoln iba más allá de obtener grandes ingresos con unas tasas aduaneras altas: su objetivo era abrigar la potente industria estadounidense, en su mayoría radicada en el Norte, con una aduana que, más que de recaudadora, hiciera de muro proteccionista. De lo que se trataba era de alejar a la competencia europea y hacer del Sur un cliente cautivo.

Evidentemente, el Sur era el que más padecía con esta política, que le forzaba a pagar más caros los productos finales y los bienes de capital, que tanto necesitaba para hacer competitiva su propia producción. El aumento de los costes no podía repercutirlo en sus clientes internacionales, pues en un mercado de competencia internacional los precios están dados y los márgenes son muy limitados. Además, dado que las exportaciones de los sureños eran cuatro o cinco veces superiores a sus ventas en el interior, la salud económica de sus clientes era muy importante, y el hecho de que británicos, franceses y demás perdieran parte de su negocio por el proteccionismo estadounidense les perjudicó.
El de la creación de un banco central parta financiar las mejoras internas es un asunto un poco más complejo. Thomas Jefferson, Andrew Jackson y, en general, los antifederalistas eran partidarios de un dinero sano: ésta fue la filosofía del Partido Demócrata desde su nacimiento. Por el contrario, los partidarios de un poder central fuerte defendían el inflacionismo, el dinero fiduciario (es decir, no respaldado por el oro o la plata) y el establecimiento de un banco central que les permitiera llevar a efecto sus políticas mercantilistas y clientelistas.

Si dejamos de lado los dos primeros bancos centrales con que contó EEUU, poco relevantes, hasta la llegada de Lincoln al poder la regulación de la banca recaía en los estados, no en el Gobierno federal. De 1836 a 1860 la mayoría de los estados aprobaron leyes de banca libre que permitían a los individuos poner en marcha bancos que aceptaran depósitos y emitiesen billetes sin necesidad de obtener un permiso especial por parte del Congreso estatal. "Los estados con banca libre imponían menos restricciones, requerimientos y costes –informan Mark Thorton y Robert Ekelund–. Y a pesar de la falta de regulación y de la inestabilidad inherente a la banca de reserva fraccionaria, los billetes emitidos por la banca libre eran por lo general seguros, y pocos depositantes perdían su dinero" . No era la base monetaria puramente metálica que querían los jeffersonianos, pero era lo que más se le parecía. No es casualidad que esos años coincidieran con "las dos décadas de expansión económica más significadas de la historia de los Estados Unidos, si no del mundo" .

Rumbo a la secesión

La idea del acuerdo entre estados y el derecho de éstos a anular las leyes federales y, en última instancia, a la secesión tenía más tradición en el Norte que en el Sur, pero éste también creía firmemente en ella, y a ella recurrió cuando vio que se violentaban sus intereses y derechos.
El Sur era eminentemente agrícola, y sus excedentes (grosso modo, cuatro quintos de su producción) los exportaba al resto del país y al exterior. Ello le permitía importar los bienes manufactureros que necesitaba pero que no podía producir competitivamente. Cosas de la división del trabajo, que hace a las sociedades más complejas, interrelacionadas y prósperas.

Los tres ejes de la política de Lincoln tenían efectos perversos en el Sur, y los americanos de esas tierras lo sabían muy bien. Lo que más polémica generó fue el debate sobre los aranceles, no en vano fue el principal problema del país desde 1824 hasta la Guerra entre los Estados.

El arancel de 1816 fue una reacción nacionalista a la guerra de 1812... y un primer logro de Henry Clay. En virtud de sus esfuerzos, el Congreso aprobó otro en 1824, claramente proteccionista, que doblaba el anterior y despertó muchas protestas en el Sur. Todas las alarmas saltaron en 1828, cuando el arancel rozó el 50 por ciento del valor de muchos bienes manufacturados. Era el "arancel abominable", que hizo que la ira se extendiera por el Sur como un reguero de pólvora. Los políticos del lugar veían en ello un "sistema de robo y saqueo" que hacía a una parte del país tributaria de la otra .

El más destacado de sus detractores fue John C. Calhoun , vicepresidente con Andrew Jackson y autor de la "Exposición y protesta de Carolina del Sur", donde defendía el derecho de su estado natal a anular una ley federal y esgrimía los precedentes de Kentucky y Virgina. Pero iba más allá, pues abogaba por el derecho de Carolina del Sur a la secesión. Jackson, un defensor de los derechos de los estados, no estaba sin embargo dispuesto a permitir la secesión y paró en seco tal movimiento.
La última victoria de Clay en este asunto fue el arancel de 1832. Las tornas empezaron a cambiar en 1844, cuando accedió a la Casa Blanca el demócrata James Polk, que impuso una gradual reducción de las tasas a la importación. Las políticas librecambistas tuvieron su oportunidad hasta la llegada de Lincoln a la Presidencia.

Todo el mundo sabía cuáles eran los objetivos políticos de Lincoln, y los efectos que tendrían en el Sur. De hecho, no recibió un solo voto en diez de los 36 estados. Fue el primer presidente elegido sólo por una región del país. Poco después de su victoria, el 19 de febrero de 1861, dio una conferencia en Pittsburgh, Pennsylvania, en la que dejó claro que ningún aspecto de su programa era tan importante y urgente como la imposición de un arancel alto. Sus palabras no tardarían en convertirse en realidad. El 2 de marzo, dos días antes de su discurso de inauguración, se aprobó el arancel Morrill , el más alto de la historia de los Estados Unidos.

La esclavitud, en segundo plano

Social, económica, geográfica y políticamente los estados estaban divididos en libres yesclavos, en función de la presencia o no de la "peculiar institución", como llamaba entonces a la esclavitud, en sus territorios. Estaban igualados en número y, por tanto, en representación en el Senado. A medida que el país se iba expandiendo hacia el oeste, la creación de nuevos estados provocaba enfrentamientos políticos. La esclavitud es lo que más se cita como causa de la Guerra entre los Estados, pero veremos que no fue ni con mucho la principal razón de la misma.

Cuando Abraham Lincoln pronunció su discurso de investidura habían declarado su independencia siete estados, encabezados por Carolina del Sur. El día de su proclamación, Lincoln declaró: "No tengo intención de intervenir, de forma directa o indirecta, en la institución de la esclavitud en los estados en que ésta existe. Creo que no tengo ningún derecho, y tampoco tengo inclinación a ello" . Uno podría desconfiar de su palabra, pero lo cierto es que hay pruebas de que sus prioridades eran bien otras. Su partido, el republicano, el mismo que había impulsado el arancel Morrill, había aprobado una resolución que reconocía "la inviolabilidad de los derechos de los Estados, y en particular el derecho de cada Estado a ordenar y controlar sus propias instituciones domésticas de acuerdo exclusivamente con su propio juicio" . Por si fuera poco, dos días antes de su discurso inaugural el Senado había aprobado una enmienda que proclamaba: "No se hará ninguna enmienda a la Constitución que autorice o dé al Congreso el poder de abolir o interferir en ningún estado con las instituciones domésticas, incluyendo las referidas a la tenencia de personas para el trabajo o los servicios, según las leyes de cada estado".

No era la esclavitud lo que le interesaba a Lincoln, sino la Unión. La Constitución confederada creó en el Sur un área de libre comercio que daba al traste con la política republicana, ya que los aranceles, en su mayoría, los pagaba el Sur. Si éste se desenganchaba, todo el esquema se venía abajo. Por eso Lincoln estaba dispuesto a transigir con la esclavitud. Horace Greeley le recomendó que dijese que el propósito de la guerra era abolirla, pero Lincoln le dejó las cosas claras: "Mi objetivo fundamental en esta lucha es salvar la Unión, no salvar o destruir la esclavitud. Si pudiese salvar la Unión sin liberar a uno solo de los esclavos, lo haría. Y si pudiera salvarla liberando a algunos y dejando de lado a otros, también lo haría. Lo que hago en relación con la esclavitud y la raza de color lo hago porque ayuda a salvar la Unión" .

Estas palabras están firmadas el 22 de agosto de 1862. Ya entonces el "deshonesto Abe" debía de estar pergeñando su acto político más genial; el que le permitió ganar la Guerra entre los Estados: la Proclama de Emancipación. Por medio de dicho documento declaraba libres a los esclavos de los territorios rebeldes, pero respetó la institución en aquellos estados que se mantuvieron fieles a la Unión, es decir en Kentucky, Missouri, Maryland y Delaware, así como en ciertos condados sureños que optaron por no sumarse a la secesión.

A Lincoln, sí, le repugnaba la esclavitud. Quería acabar con ella... separando felizmente a las dos razas mediante el envío a África –a una colonia creada ex profeso– de los negros –otra idea que heredó de Henry Clay–. Pero no le parecía un asunto tan importante como el proteccionismo. De hecho, en su discurso inaugural dejó claro que en esta cuestión no iba a permitir un solo paso atrás.

Lincoln primero lanzó su "mentira espectacular", como se ha llamado sin asomo de exageración a su afirmación de que la Unión era "más antigua que la Constitución", y demás argumentos falsos contra la secesión . Luego dijo que la Constitución le otorgaba el poder y el mandato de preservar la Unión, para acto seguido amenazar al Sur con recurrir a la fuerza si impedía el cobro normal de los aranceles: "(...) no habrá necesidad de un derramamiento de sangre o de recurrir a la violencia. Y no la habrá, a no ser que se fuerce a ello a la autoridad nacional. El poder que me ha sido confiado será usado para mantener, ocupar y poseer la propiedad y los lugares que pertenecen al Gobierno y para cobrar los derechos e impuestos" . Pronto sabría el Sur del verdadero alcance de tales palabras.

El mandatario republicano seguía una política de apaciguamiento y compromiso en el asunto de la esclavitud, pero al fin y al cabo no fue el Norte quien optó por la secesión. ¿No sería el mantenimiento de la esclavitud al menos una de las razones del Sur para separarse? Sólo Tejas y Alabama la mencionaban en sus declaraciones de independencia. Jefferson Davis no hizo una sola referencia, directa o indirecta, a la misma. Pero sí incidió en que los estados confederados rompían el acuerdo que dio nacimiento a los Estados Unidos "ansiosos de cultivar la paz y el comercio con todas las naciones", lo cual suponía un rechazo expreso de la política anticomercial impuesta por el Norte.

¿Quién empezó la guerra? El primer disparo fue confederado, y tuvo por objetivo el fuerte Sumter. "El fuerte Sumter estaba a la entrada del puerto de Charleston, ocupado por tropas federales que apoyaban a los funcionarios de aduanas de los Estados Unidos –escribe Charles Adams–. No fue demasiado difícil para los de Carolina del Sur hacer el primer disparo" . Si Carolina del Sur mantuviera el control sobre el puerto de su capital, todo el plan de Lincoln se vendría abajo, pues el Sur podría comerciar sin pagar los aranceles impuestos desde Washington. Lincoln no lo iba a permitir.

Seamos claros: el Sur tenía todo el derecho a "cultivar la paz y el comercio con todas las naciones", y el Norte, ninguno a impedírselo. Volvamos a Charles Adams: "La guerra comenzó no por el elevado arancel Morrill, sino exactamente por lo opuesto: fue por los bajos aranceles del Sur, que crearon un área de libre comercio. Esos aranceles y sus consecuencias económicas para el Norte –consecuencias desastrosas– fueron lo que provocó la indignación de los comerciantes del Norte, y convirtieron la apatía de éstos hacia los estados secesionistas del Sur en un odio militante" . Ese área de libre comercio nació con la misma Constitución confederada, mucho más liberal que la de los Estados Unidos .

Lincoln, ¿dictador?

Hay que decir que ninguno de los quince "muy distinguidos ciudadanos" que le precedieron en el cargo, a los cuales se refirió en su discurso inaugural, se vio en una situación tan extrema como la que hubo de afrontar Lincoln. Pero lo cierto es que la culpa era suya, de su política, que partía de la explotación de una parte del país. Y es igualmente cierto que podía haber seguido otro curso. Cuando la crisis de 1807 amenazó con romper la Unión, el presidente Jefferson hizo votos por que ésta no se produjese pero igualmente expresó sus mejores deseos para los estados que finalmente decidieran marcharse, así como su esperanza de que más adelante volviesen a la Unión como hermanos y amigos.
Abraham Lincoln no actuó de ese modo. Sustituyó una unión voluntaria, basada en cuestiones prácticas como la defensa común y la prosperidad en un marco de libertades, por una de nuevo cuño, sostenida en abstracciones e impuesta desde el Gobierno federal. Los ideales abstractos tienen el problema de que no hay consideración práctica, como los inconvenientes, injusticias y pérdidas de una guerra, que se les pueda oponer.

Lincoln, desde luego, no se detuvo ante nada ni ante nadie. Así, declaró formalmente la guerra a los Estados Confederados arrogándose una prerrogativa que la Constitución confiaba exclusivamente al Congreso. Igualmente, se atribuyó unos "poderes de guerra" no contemplados en la Constitución y que le colocaron por encima de cualquier ley. De hecho, desde la caída del fuerte Sumter, en abril de 1861, hasta la sesión especial del Congreso de julio de ese mismo año actuó con un poder absoluto, encarnando los poderes legislativo, judicial y, por supuesto, ejecutivo.

Con un desprecio total por las instituciones que le permitieron llegar a la primera magistratura del Estado, Abraham Lincoln se saltó la Constitución y las leyes una y otra vez. El 3 de mayo llamó a 40.000 voluntarios y ordenó que se ampliaran el Ejército y la Armada, con lo que de nuevo usurpó poderes al Congreso. Y una semana más tarde permitió que el Ejército suspendiera el habeas corpus, con lo que volvió a ningunear al Legislativo.

El presidente del Tribunal Supremo, Roger Taney, emitió una opinión, en el caso Ex Parte Merryman, en el sentido de que Lincoln no tenía autoridad para suspender el habeas corpus. Pero éste no sólo no se echó atrás, sino que dio la orden de que se detuviese al juez y se le encerrase en una cárcel militar .
La suspensión del habeas corpus permitió al Gobierno detener sin cargos a miles de ciudadanos... del Norte. ¿Su crimen? Por ejemplo, cuestionar la conveniencia de la guerra, criticar la política de Lincoln u oponerse al reclutamiento forzoso: a juicio del Ejército, se trataba de posturas "desleales". El secretario de Estado, William Seward, llegó a crear una policía secreta para cazar a los desafectos y enviarlos a prisión . Thomas DiLorenzo informa de que hay acuerdo entre los historiadores de que "más de 13.000 presos políticos fueron encarcelados en las prisiones militares de Lincoln" . La situación fue tal, que cualquier juez que persiguiese a las autoridades federales por saltarse la ley se convertía en un criminal. El espíritu totalitario de la nueva política llegó a límites orwellianos, como cuando Lincoln declaró sin ambages: "No se puede malinterpretar al hombre que permanece callado cuando se debate sobre los peligros de su Gobierno. Si no se le detiene, estad seguros de que ayudará al enemigo. 

Especialmente si es ambiguo, si habla de su país con peros y condicionales y no obstantes" . Es decir, que colocaba en las filas de los sospechosos a quienes no le bailaban el agua. La Administración republicana cerró no menos de 300 periódicos y censuró las comunicaciones telegráficas. Detuvo a gran parte de los miembros electos del Congreso de Maryland sin siquiera presentar cargos contra ellos. Apresó al alcalde de Baltimore. Confiscó propiedades y haciendas. Violó sistemáticamente la Segunda Enmienda. Etcétera.

Un caso señero de la política dictatorial de Lincoln fue el del congresista por Ohio Clement Vallandigham, quien respondió al discurso sobre el Estado de la Unión de aquél denunciando todos los abusos de su Administración. Fue arrestado sin orden judicial y enviado a una prisión militar, y luego se le entregó a las autoridades confederadas: el objetivo era presentarlo como un agente del enemigo en vez de como lo que era, un leal miembro de la Cámara de Representantes.

¿Fue Lincoln un dictador? No cabe duda de que lo fue durante los tres meses en que usurpó todos los poderes y gobernó sin estar sujeto a ninguno. El único de la historia de Estados Unidos. Pero colocarle tal etiqueta es menos importante que tener claro que para él lo importante era su objetivo político y que estaba dispuesto a todo con tal de conseguirlo: mentir sobre la historia del propio país, arrogarse todos los poderes, perseguir y encarcelar a los disidentes, cerrar centenares de periódicos, actuar contra los jueces independientes y, en última instancia, librar una guerra innecesaria e injusta.

El legado de Abraham Lincoln

Para un amante de la libertad y de los Estados Unidos de América, Abraham Lincoln no puede ser el héroe que se nos vende. La Proclama de Emancipación no sólo desactivó los esfuerzos de los confederados por conseguir el reconocimiento de Francia y Gran Bretaña, para lo cual estaban dispuestos a acabar con la esclavitud; es que fue un mero instrumento de guerra. Sin embargo, es una de las claves del favor indeleble con que tratan los historiadores al líder republicano. También cuentan, en este sentido, el que fuera el presidente que mantuvo la Unión y el que más hizo en el siglo XIX por centralizar el poder y fortalecer el Gobierno federal.

El 16º presidente de los Estados Unidos no acabó con la esclavitud. Lo habría hecho la historia. El capitalismo hizo retroceder esa institución milenaria porque el trabajo esclavo no puede ser rival del libre en una sociedad capitalista , ni tiene en ella hueco. Por lo demás, numerosos países la abolieron sin necesidad de revoluciones o guerras civiles . No es legítimo considerar a Lincoln "el gran emancipador"; ese título ha de ser adjudicado al capitalismo.

Tampoco es justo decir que Lincoln mantuvo la Unión. Primero, porque la desunión se originó en su política sectaria, de la que se beneficiaban ciertas clases del Norte en abierto y abrumador perjuicio del Sur. Y segundo, porque no era tan importante mantener la Unión como los principios sobre los que se fundó. Como dice Richard Gamble en Rethinking Lincoln, "en el curso de salvar la unión, él destruyó dos confederaciones: la de 1861 y la de 1789" .

Además, inició la centralización de la regulación bancaria, que acabó con el sistema de banca libre; extendió las mejoras internas hasta niveles antes desconocidos; introdujo el execrable impuesto sobre la renta; fue el primero en recurrir a la conscripción; se arrogópoderes de guerra ilimitados; y su política económica fue la primera en recibir la denominación de new deal. Sentó, pues, numerosos malos precedentes, que fueron aprovechados por varios de sus sucesores.
Lincoln fue un revolucionario, que transformó por completo el carácter de la Unión: pasó de ser voluntaria a impuesta.

La secesión es un instrumento ideal para el mantenimiento de las libertades, como demuestra la Guerra entre los Estados. De haber triunfado la Confederación, el proteccionismo de los republicanos se habría venido abajo. La unión es útil si es voluntaria, y deja de serlo si no se respetan las libertades. Los estados norteamericanos eran legítimos intérpretes de la constitucionalidad de las leyes federales. Si se hubiese mantenido ese estado de cosas, el Gobierno federal sería hoy más parecido a lo que deseaban los redactores de la Constitución . Su lugar lo ha ocupado el Tribunal Supremo, que en lugar de frenar la expansión del poder federal más allá de los límites impuestos por la Constitución la ha sancionado .

He aquí el verdadero legado de Lincoln: acabó con un país que fue "concebido en libertad" y alumbró otro que sólo se relaciona melancólicamente con los ideales de los Padres Fundadores.

viernes, 8 de octubre de 2010

Socialismo democrático contra Socialismo totalitario

Por HUGO J. FARÍA

Los líderes de la oposición son representantes del Socialismo democrático y combaten al Socialismo autoritario.


Son personas importantes y respetables: Sacerdotes, dirigentes políticos, gobernadores, militares retirados, intelectuales de prestigio y líderes que hasta hace poco militaron en el campo del Chavismo. Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones todos ellos obvian que el Socialismo es parte de la causa de nuestros males, y que el Socialismo democrático es una imposibilidad, ya que sin propiedad no hay libertad. Observemos cómo desde la nacionalización del petróleo, hierro y el Banco Central de Venezuela hemos asistido a la destrucción de nuestras libertades.


CEDICE regularmente divulga los índices de Libertad Económica que muestran el deterioro de este indicador que ha contribuido a nuestro estancamiento crónico generador de los pobres que votan por Chávez. A pesar de esta realidad, tenemos líderes de la oposición que sólo defienden las libertades políticas y de expresión, pero no las económicas. Sospechoso, porque el amante de la libertad las quiere todas.

En los Estados Unidos existe competencia entre las líneas editoriales de Fox News y CNN (conocida por algunos como Cuba´s News Network); del Wall Street Journal y el New York Times. ¿Dónde está en Venezuela nuestro Fox News o Wall Street Journal que defiendan sistemáticamente el Capitalismo?


Por las ciudades del país vemos pancartas que impulsan el Socialismo. ¿Dónde están las vallas que fomenten el Capitalismo? ¿Por qué no desarrollamos una gran campaña mediática para promover la libertad monetaria, que protege la integridad del esfuerzo ciudadano; la erradicación de las barreras al comercio internacional, que abarata la vida y disminuye privilegios; la devolución de nuestras acciones de las empresas del Estado, para tener un país de propietarios; la entrega de nuestra renta petrolera a los venezolanos mayores de 18 años, para que el Estado viva de los ciudadanos, lo cual es mejor que las misiones; la superioridad ética del Capitalismo frente al Socialismo, porque el primero es respetuoso de la libertad, fundamento de la dignidad de la persona, y el segundo es un error antropológico?


Tenemos una gran creatividad para las cosas que nos interesan. Por ejemplo los micros de Ciudadanía Activa son extraordinarios. El micro que se proyecta en los cines en contra de la piratería de películas es sensacionalmente efectivo. ¿Por qué no defendemos las libertades económicas con el mismo ahínco y creatividad? ¿Por qué la oposición desea cambiar a Chávez, pero no desea cambiar las causas que originaron a Chávez?


Una razón es que no hay dinero para la defensa del Capitalismo. No hay fondos para la promoción de las libertades económicas porque para los empresarios financistas implica más competencia, menos privilegios; y para los políticos, menos poder.

El principal plan de la oposición es aprovecharse de los errores de Chávez, pero es incapaz de atacar las causas que lo engendraron y de convencer al ciudadano de a pie que sin Chávez vivirá mejor.


Estamos adictos a acumular riqueza perversamente, manipulando al Estado para destruir competencia. En consecuencia, siempre estamos a la defensiva, sin la posibilidad de tomar la ofensiva y de demostrarle al pueblo que el Socialismo y Mercantilismo son salvajes. Esta condición contribuye a explicar la apatía de tantos venezolanos que se traduce en altos niveles de abstención a la hora de votar.

En caso de que haya ganado el "Sí" el país marchará aceleradamente hacia la reducción a una mínima expresión de las libertades políticas, civiles y económicas. La noche totalitaria nos cubrirá y la economía implosionará. Otro escenario probable, ganando el NO, es que el Estado gradualmente siga ocupando más espacios de la libertad. No olvidemos el recurso de las leyes habilitantes y los años que aún quedan del período presidencial.


El Socialismo del Siglo XXI, se imponga en forma gradual o acelerada, y como todos los socialismos, fracasará.


Si los defensores de la libertad somos capaces de superar la mentalidad e intereses mercantilistas y socialistas, ayudados por la devastación que ocasiona el Socialismo, como ocurrió en Europa Oriental, reconstruiremos el país. Antes es probable que pasemos por nuestro desierto y cautiverio babilónico para poder regresar a la Tierra Prometida liderados por otra generación, pues pareciera que la mía es incapaz de responder al desafío de combatir el Socialismo con Capitalismo.

viernes, 1 de octubre de 2010

La salida: Deslegislación para empezar

Por ALBERTO MANSUETI

A continuación extractos del libro Las leyes malas y el camino de salida del profesor Alberto Mansueti.


Las leyes malas son miles en Venezuela. Algunas son muy viejas, pero no son malas sólo por ser antiguas; ni las posteriores son buenas sólo por ser más nuevas. Muchas de ellas no son de factura local sino que provienen de las Agencias de la ONU, parte de un Gobierno Mundial que ya existe, fruto de la globalización no del mercado sino del Estatismo.


Tales leyes son la encarnación de “el sistema” a cambiar: Se inspiran en ideas, conceptos, teorías y valores contrarios al desarrollo, y generan las instituciones que lo impiden. Con destructivos efectos sobre los negocios y la economía, la educación y las personas. Son causa principal de la pobreza, la inflación y el desempleo, los salarios insuficientes, y muchas rupturas y desintegraciones familiares.

Todas las leyes vigentes deben pasar un riguroso examen y revisarse muy en particular las especiales: Injustas, inmorales, antieconómicas e irracionales. Deben ser corregidas, en todo o en parte, muchas de ellas; y otras total o parcialmente derogadas.


La doctrina de las leyes malas fue expuesta al gran público en el Siglo XIX por el francés Frederic Bastiat, en sus muy didácticos ensayos, La Ley y el popular Lo que se ve y lo que no se ve. Bastiat se inspiró en los activistas Cobden y Bright, fundadores en Inglaterra de la Liga de Manchester contra las Leyes de Granos, que encarecían los precios de los alimentos protegiendo al agricultor inglés con barreras arancelarias a costa de desproteger al consumidor inglés, y que finalmente en 1846 fueron derogadas, no sin intensa y agitada campaña de opinión.


A mediados del Siglo XX, el periodista Henry Hazzlitt divulgó esta doctrina en EE.UU. con su breve y famosa Economía en una Lección, un librito que lleva el análisis crítico más allá de los aranceles, y estudia los malos resultados de las leyes de impuestos, permisos y licencias, trabajo y sindicatos, alquileres y contratos, etc. Después llegaron más sesudos estudios académicos de una disciplina universitaria llamada “Derecho y Economía,” sobre los efectos económicos del Derecho: no sólo la ley, sino también la jurisprudencia de los tribunales y las ideas jurídicas.


Resumidamente la doctrina de las leyes malas dice:


— Que las leyes deben ser juzgadas no por sus fines declarados, sino por sus efectos y resultados reales, muchas veces no siempre visibles, ni de corto plazo, pero sin duda catastróficos.

— Que aprovechan a unos sectores a costa de otros, o de los contribuyentes.

— Porque sus beneficios no operan del modo en que suponen y alegan en su exposición de motivos.

— Por eso sus beneficiarios no siempre son los declarados, sino los grupos de intereses especiales en cuyo exclusivo provecho son negociadas y dictadas.

— Y perjudican directamente a ciertas categorías y sectores — a veces los mismos supuestos defendidos — e indirectamente al público en general.


Y que para derogarlas se requieren tres factores:


• Una fuerte corriente de opinión consciente de su existencia y de los daños que producen.

• Un partido político bien articulado, sólidamente implantado y mayoritario, capaz de expresar y liderar aquella corriente de opinión.

• Y un centenar de diputados elegidos con el mandato expreso para derogar las leyes malas, para así abrir paso a las cinco reformas pendientes y a su instrumentación apropiada.