martes, 26 de octubre de 2010

Voto por Ninguno

Por Alberto Mansueti

1. El sistema. ¿Qué “sistema”? ¿Cuál es el sistema? En América latina reina por doquier un estatismo “social-mercantilista”, digitado por los jefes de la izquierda y los grandes empresarios del Establishment económico. Los medios de prensa cumplen la función de adoctrinadores, junto con las escuelas, liceos y universidades controladas por el Estado. Y cada día el sistema se halla más penetrado por los temas, propuestas y chifladuras propias de la PC (“política correcta”).

El instrumento electoral del sistema son las elecciones dobles. ¿Cómo es eso? En los procesos electorales hay dos “momentos”, dos instancias. En la primera, y entre bastidores (nadie sabe cómo), y en su calidad de “Grandes Electores” como los príncipes y reyes del Imperio romano-germánico, los ínclitos miembros de la casta gobernante preseleccionan y escogen a los candidatos presidenciales: todos del sistema. Luego, los elegidos se dejan ver y escuchar en público, pero todos más o menos con el mismo discurso populista de siempre: “…escuelas, hospitales, bla bla bla…” En la segunda instancia, ponen a la gente a “decidir” entre uno u otro de estos aspirantes, todos muy parecidos.

El mismo método se usa en las elecciones para congresistas y autoridades regionales y locales (con un elemento novedoso que agrava el cuadro: narcofinanciamiento de campañas). Así de esta manera, y poniendo a la gente a optar entre el social-estatista A y el social-estatista B, ¡el sistema nunca pierde!

2: Las leyes malas y el “Pacto Social”. El instrumento de gobierno por antonomasia del sistema son las leyes malas, que traducen las “políticas públicas” estatistas en normas y reglas concretas, efectivas y obligatorias, y las eternizan para siempre. La discontinuidad, de la que tanto se quejan y protestan los corifeos del sistema es sólo aparente, no es real, como asimismo el “cambio” que siempre pregonan.

En lo económico y social hay dos clases de leyes malas: mercantilistas y “sociales”. Las primeras son las leyes “proteccionistas”, que les aseguran a los empresarios formales y establecidos sus prebendas, privilegios y nichos monopolistas. Para ellos, la filosofía del sistema es: “Los ricos estamos completos”.

Estas reglas restringen la competencia, y conspiran así severamente contra el ahorro, la inversión, la actividad económica, y el empleo; es decir: impiden la creación masiva de riqueza, y de puestos de trabajo productivo y bien remunerado. ¡Crean pobreza! Sin embargo, en el Parlamento son sancionadas por “la derecha” y la izquierda sumadas. ¿Cómo? ¿Qué ha pasado? Un intercambio, que llaman “Pacto Social”, y que inventaron los conservadores y laboristas en Inglaterra, y después copiaron los demócratas y republicanos en EEUU.

El “Pacto Social” funciona de este modo: la izquierda presta su aprobación y aplauso a las leyes mercantilistas anticompetitivas, a cambio del apoyo de “la derecha” para las leyes “sociales”, ese supuesto remedio a los males causados por el mercantilismo, pero que no resuelven ni alivian el desahorro ni la desinversión, ni el desempleo, ni las pésimas condiciones para el comercio y la producción. Al contrario: las agravan, porque hacen más alto el costo del aparato burocrático y clientelar del gobierno, financiado con impuestos, deuda e inflación; y también hacen más caros y más difíciles los negocios particulares. ¡Aumentan así la pobreza! Para las izquierdas, la filosofía del sistema es: “Con tan preciosas leyes para pobres, tu no necesitas ser rico”.

Mercantilismo, socialismo e intermediación política son los componentes esenciales del sistema de “redistribución de la (escasa) riqueza” (creada por las empresas mercantilistas) que llaman Welfare State o Estado de Bienestar (de los estatistas). Harry Browne, del Partido Libertario USA, lo dice con estas palabras: “El estatismo te rompe tus piernas, y luego te da unas muletas. Y te dice: sin nosotros, ¡no tendrías muletas!”

Sí, es gracioso, y trágico. El sistema no funciona, al menos para la inmensa mayoría. Y el colmo: los personeros del sistema nos dicen que el problema es la “ingobernabilidad”. O sea: que no somos lo bastante sumisos, no nos dejamos “gobernar”, ¡como animales de hacienda!

3. “Neo-liberales”, mencheviques y bolcheviques. Para hacerlo todavía más cómico, y como parte del circo electoral, algunos candidatos se presentan como más identificados con el lado mercantilista del sistema, y otros con su lado “social”.

Los primeros se conocen como “Neo-liberales”, y proponen seguir con las reformas de los ‘90 inspiradas en el Consenso de Washington y alentadas por el FMI-Banco Mundial, que a la postre resultaron una continuación del estatismo mercantilista por otros medios. Los segundos son los socialistas económicos, y los hay en dos variedades: “revolucionarios” o bolcheviques, más proclives al uso de la fuerza bruta y la violencia, y los democráticos, “fabianos” o mencheviques, más inclinados a emplear el adoctrinamiento y el voto, o sea la mentira y el engaño. A la economía los socialdemócratas la matan lentamente, y los comunistas más rápido, mientras los mal llamados Neo-liberales (con poco o nada de liberales clásicos) tratan su cáncer con paños tibios y analgésicos.

Con estas variantes, la gente cae en la trampa del “Voto por el menos malo”. La mitad aproximadamente de los Presidentes latinoamericanos fueron elegidos en cada caso como el peligro menor, “el menos malo”, comparados con otro supuestamente peor, “el más malo”, que una vez descartado queda esperando el próximo turno electoral. ¿Y la otra mitad? Son los supuestos “más malos”, porque el recurso de votar al “menos malo” no siempre funciona.

Pero cada vez más, las diferencias entre “Neo-liberales”, mencheviques y bolcheviques se reducen o desaparecen, porque todos ceden ante el empuje de la “Política Correcta” (PC), y adoptan su agenda completa: ecologismo, feminismo “de género”, indigenismo multiculturalista y tópicos conexos y afines del socialismo cultural. ¡Todos los candidatos hablan el mismo lenguaje, y compiten a ver cuál es más “correcto”! Por eso recurren a que uno es hombre y la otra mujer, o que uno es negro y el otro blanco o indio, o uno es “político” y el otro “técnico” (!)

4. Marxismo cultural. Hay dos clases de marxismo: económico y cultural. El primero es el de Karl Marx, el de los bolcheviques (Lenin) y los mencheviques (Martov); el segundo es el de Friedrich Engels, Antonio Gramsci, Theodor Adorno y Herbert Marcuse. Ese es el de la revolución sexual, la “deconstrucción” y el posmodernismo, y Mayo del ’68, en París y en Berkeley, California.

La meta del marxismo económico era la apropiación y control por el Estado de los medios de producción. Pero resulta que ya se ha logrado en todo el mundo, no al estilo bolchevique --que fracasó en la URSS, Europa del Este, China, Cuba, etc.-- sino al uso menchevique, sin violencia: mediante el voto. Por eso, ya en parte alguna hay gobiernos limitados al estilo liberal clásico, ni mercados libres --con sólo intervenciones judiciales contra el fraude y la violencia una vez cometidos-- y estricto respeto a la propiedad privada.

Cuando la gente pregunta: “¿Y en qué país se aplica el gobierno limitado?”, la respuesta es: “Estrictamente en ninguno”. En todos ellos los socialistas han instalado Super-gobiernos todopoderosos, han maniatado los mercados con infinitas regulaciones, y han decretado límites muy estrechos a la propiedad privada, entre ellos los impuestos y la inflación. Y sin disparar un tiro ni un cañonazo.

El caso es que cumplidos los fines del marxismo económico, su agenda ha sido desplazada por la del marxismo cultural. Su objetivo es la apropiación y control por el Estado de los medios de comunicación, información, cultura y entretenimiento, con miras al fin último de supeditar y extinguir a las instituciones privadas no económicas: el matrimonio y la familia principalmente. La “política correcta” es su agenda, y el doble lenguaje su arma principal.

5. “Política correcta” y doble lenguaje. Como George Orwell lo anticipara en su genial novela “1984”, se redefine y manipula cada palabra, para significar algo distinto y a veces opuesto o contrario. Así por ej. “multiculturalismo” no significa coexistencia de culturas sino acabar con una en particular, y sus valores: la cultura occidental. “Salvar el planeta” o “mejorar la educación” no es tratar con la polución ambiental o el fracaso escolar sino dar más dinero y poder a los burócratas. “Manejo de los recursos energéticos” no es más producción y comercio de energía, es menos consumo. “Política de salud” no es curar a las personas sino controlar lo que comen, beben o usan; “planificación familiar” no trata de procreación y familia sino de contracepción y aborto. “Violencia doméstica” es afirmar que el matrimonio y la familia no sirven, y que el Estado es el mejor marido para las mujeres y el mejor padre para los hijos. Desde luego, “tolerancia” no significa respeto sino relativismo: todo es relativo excepto los temas y posiciones de la PC.

¿Cómo distinguimos la “política correcta”? Muy simple: sus tópicos son absolutamente mandatorios, y quien les cuestiona o contradice es condenado al silencio y a la desaparición, y se convierte en no-persona, un ser inexistente para los medios y la escena pública.

6. Fuera del sistema. En este sistema no hay lugar para los profesionales independientes, ni los pequeños empresarios informales, o los técnicos y obreros más calificados. Por eso emigran los mejores y más empeñosos, tanto de las capas medias como de las clases populares: votan con los pies. Impedidos de cambiar el país (para mejor), entonces cambian de país.

Afrontando peligros y penurias, y corriendo con diferente suerte, cada año huyen millones de personas de los países latinoamericanos, y con ellos se escapa la posibilidad de cambiar el sistema, porque ellos son los potenciales líderes, abanderados y activistas militantes de la causa liberal de verdad: anti-sistema.

7. Confusiones y mitos de la clase media. Víctima de una pedagogía embrutecedora, absorbe todos los tópicos de ambos marxismos, económico y cultural, con toques “espirituales” de la Nueva Era, el opio de la clase media. Y cae en numerosos malentendidos, que nos impiden progresar. Ejemplos:

i) La clase media cree que “las leyes no son malas, el problema es que no se cumplen”, ignorando que se cumplen de maneras perversas: impidiendo nuevas inversiones, la creación de nuevas empresas o el crecimiento de las existentes, la generación de nuevos empleos y el enriquecimiento de los actuales. ii) “El mal es la corrupción”, se indigna moralizante la clase media. Desconoce que la corrupción es connatural al estatismo, y la desestatización el único remedio; pero sin embargo la clase media ¡adversa decididamente toda privatización! iii) Se escandaliza la clase media con la narcopolítica, pero se resiste a la despenalización de la droga porque no hay forma de que entienda que es la solución al problema de la violencia y las mafias, no al problema del consumo o la adicción. iv) “El problema es la educación” repite hasta el cansancio, sin advertir que cada año hay más graduados universitarios conduciendo taxis o vendiendo empanadas, y que siendo la enseñanza demasiado importante, es poco sabio confiar al Estado la tarea docente, o el control sobre las aulas.

Y lo peor es que las capas medias contaminan a los sectores populares con todas sus confusiones y prejuicios. No obstante, entre la misma clase media está naciendo en distintos países un movimiento espontáneo a favor de la abstención, el voto en blanco o nulo (dependiendo de cada ley electoral) como protesta antisistema.  Tal vez sea algo bueno, que conviene apoyar.

8. Cristianos. Contra lo que corrientemente se piensa, la Biblia habla de política, y mucho. Además, prescribe un sistema específico de gobierno, y ese sistema no es el estatismo sino su opuesto: el gobierno limitado. En más de 2000 años de historia cristiana, así lo confirman los autores prominentes de todos los credos y denominaciones, hasta fines del s. XVIII. En ese entonces las iglesias comienzan a abrazar el estatismo y el socialismo, y en cambio la rama escocesa de la Ilustración adopta la doctrina del gobierno limitado, gracias a la influencia calvinista en Escocia, que desde 1812 se llama “liberalismo”. Pero los cristianos de hoy nada saben de esto, porque sus sacerdotes, pastores, líderes y maestros no están enterados de ciertas raíces cristianas del capitalismo liberal. Y del marxismo cultural sólo conocen el aborto y el “matrimonio gay”.

Con un fervor y un entusiasmo digno de mejor causa, a los cristianos católicos y evangélicos les atrae el ejercicio político, y el poder. No es necesario animarlos, ¡hay que detenerlos más bien! pues activan sin descanso y aún lideran opciones políticas que sirven al cesarismo y a los Césares de turno: socialistas, socialdemócratas o social “cristianas”. Creen que el sistema va a funcionar cuando estos jefes políticos corruptos e inmorales sean sustituidos por cristianos honestos y decentes. Creen en cambiar de políticos sin cambiar de políticas. ¡Una locura!

9. Liberales. Los grupitos liberales creen en lo opuesto: cambiar de políticas sin cambiar de políticos. ¡Otra locura! Se dedican a editar y publicar a los clásicos, y a escribir artículos, ensayos y libros, esperando “convertir” a los socialistas, para que hagan ellos las reformas liberales. Les parece que un socialista es un tipo que simplemente no sabe Economía, y basta que lea a Mises, Hayek o Friedman para que advierta sus errores. Con casi un siglo de retraso en el tiempo, y muy enfrascada en agotadoras querellas entre facciones domésticas --randistas, ancaps, “centristas” (socialdemócratas moderados), etc.-- la dirigencia intelectual del liberalismo clásico no se ha enterado que el socialismo cambió la agenda, tiene una nueva. Y la economía era punto relevante de la vieja agenda, por eso poco se habla del tema (y no precisamente para discutir el sistema); ¡la moda de opinión es ahora si los “gays” adoptan niños o no! Las cúpulas de sus “think-tanks” están muy mal preparadas para enfrentar al marxismo cultural, del cual pocos liberales son conscientes, y muchos incluso adhieren a sus consignas.

Para colmo, al liberal no le atrae la actividad política. No le interesa recoger fondos, ni recoger firmas, prosélitos o cuadros, ni polvo en los zapatos. Ni sumar votos. ¡Hay que empujarlo más bien! Parece ignorar que el socialismo (como el mercantilismo, otra forma de estatismo) no es sólo un error: es un modo de vida para los socialistas. Y una vida muy regalada, que no van a cambiar voluntariamente, pues en tal caso tendrían además que admitir que la suya es una conducta no ética. Porque es una forma de vida inmoral, dependiente de un sistema basado en la usurpación ilegítima de funciones, poderes y recursos privados por parte del Estado y sus personeros. Más que un equivocado, el socialista es un aprovechado y un abusador. Y rehusa admitirlo, por eso esgrime toda clase de justificaciones aún cuando no son verdaderas, y su falsedad es harto demostrable. Total, ¡la PC le proporciona un buen caudal de nuevas justificaciones cada día! Es obvio que no va a leer autores liberales, no porque sea burro o tonto, más bien porque sabe perfectamente de qué vamos, y no va a cambiar a menos que se le obligue… no por la razón y la evidencia, sino por la fuerza o los votos.


Ante este panorama, y mientras tanto los liberales se deciden a recoger fondos y firmas para hacer ese partido que sea la expresión política de quienes quedan fuera del sistema, la alternativa a la emigración, y una casa política propia para todos los identificados con el gobierno limitado (cristianos y no cristianos),
…y mientras tanto ese partido llena el Congreso de diputados liberales para derogar todas las leyes malas, revirtiendo el “Pacto Social” de modo análogo a como fue impuesto: cambiando la derogación de las leyes malas socialistas por la derogación de las leyes malas mercantilistas;
…y se genera una fuerte corriente de opinión para sostener y alimentar ese partido, y para  dar contención apropiada al marxismo cultural, preservando la familia e instituciones privadas de las intromisiones estatales con fines controlistas y destructivos,
…¿no es hora de pensar en la abstención, o el voto en blanco o nulo, como protesta activa, militante, y radicalmente anti-sistema?
¿O seguimos votando por “el menos malo”?

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