lunes, 22 de noviembre de 2010

Socialismo e impuestos (un breve cuento)

Por: Carlos Ignacio Ortega 

Suponga que todos los días 10 hombres se reúnen en un bar para charlar y beber cerveza. La cuenta total de los diez hombres es de $100. Si ellos pagasen la cuenta de la manera proporcional en que se pagan los impuestos en la sociedad de un país, la cosa sería más o menos así, de acuerdo con la escala de riqueza e ingresos de cada uno: Los primeros 4 hombres (los más pobres) no pagan nada. El 5º paga $1. El 6º paga $3. El 7º paga $7. El 8º paga $12. El 9º paga $18. El 10º (el más rico) paga $59.

Entonces, eso es lo que decidieron que harían en adelante, todos se divertían, y estaban contestes con el acuerdo entre ellos. Hasta que un día, el dueño del bar les metió en un problema: “Ya que ustedes son tan buenos clientes,” les dijo, “Les voy a reducir el costo de sus cervezas diarias en $20. Los tragos desde ahora costarán $80.”

El grupo quiso, sin embargo, seguir pagando la cuenta en la misma proporción que lo hacían antes, de modo que los cuatro primeros siguieron bebiendo gratis. La rebaja no les afectaba en absoluto. ¿Pero qué pasa con los otros seis bebedores, los que realmente pagan la cuenta? ¿Cómo debía dividir los $20 de rebaja de manera que cada uno recibiese una porción justa?

Calcularon que los $20 divididos en 6 eran $3,33. Pero si restaban eso de la porción de cada uno, entonces el 5º y 6º hombre estarían cobrando para beber, ya que el 5º pagaba antes $1 y el 6º $3. Entonces el barman sugirió que sería justo reducir la cuenta de cada uno por aproximadamente la misma proporción, y procedió a calcular la cantidad que cada uno debería pagar:
El 5º bebedor, lo mismo que los cuatro primeros, no pagaría nada (100% de ahorro).
El 6º pagaría ahora $2 en lugar de $3. (se ahorra 33%)
El 7º pagaría $5 en lugar de $7. (se ahorra 28%).
El 8º pagaría $9 en lugar de $12. (se ahorra 25%).
El 9º pagaría $14 en lugar de $18. (se ahorra 22%).
El 10º pagaría $49 en lugar de $59 (se ahorra 16%).

Cada uno de los seis pagadores estaba ahora en una situación mejor que antes. Y los primeros cuatros bebedores seguirían bebiendo gratis, y un quinto tambien. Pero, una vez fuera del bar, comenzaron a comparar lo que estaban ahorrando.

“Yo sólo recibí un peso de los $20 ahorrados,” dijo el 6º hombre. Señaló al 10º bebedor y dijo: “Pero él recibió $10!”

“Sí, es correcto,” dijo el 5º hombre. “Yo también sólo ahorré $1. Es injusto que él reciba diez veces más que yo.”

“¡Verdad!”, exclamó el 7º hombre. “¿Por qué recibe él $10 de rebaja cuando yo recibo nada más que $2? ¡Los ricos siempre reciben los mayores beneficios!”

“¡Un momento!”, gritaron los cuatro primeros al mismo tiempo. “Nosotros no hemos recibido nada de nada. ¡El sistema explota a los pobres!”

Los nueve hombres rodearon al 10º y le dieron una paliza.

La noche siguiente el 10º hombre no acudió a beber, de modo que los nueve se sentaron y bebieron sus cervezas sin él. Pero a la hora de pagar la cuenta descubrieron algo inquietante:

Entre todos ellos no juntaban el dinero para pagar ni siquiera LA MITAD de la cuenta.

Y así es, amigos y amigas, periodistas y profesores universitarios, gremialistas y asalariados, profesionales y gente de la calle, la manera en que funciona el sistema de impuestos. La gente que paga los impuestos más altos son los que se benefician más de una reducción de impuestos. Póngales impuestos muy altos, atáquenlos por ser ricos, y lo más probable es que no aparezcan nunca más. De hecho, es casi seguro que comenzarán a beber en algún bar en el extranjero donde la atmósfera sea algo más amigable.

Moraleja: “El problema con el socialismo es que eventualmente uno termina quedándose sin el dinero de la otra gente.”

Para quienes comprenden, no es necesaria una explicación.
Para quienes no comprendieron, no hay explicación posible.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Una Franela En Contra de la Revolución



Por Leandro Bolívar

Vemos como cada día el régimen cubano-venezolano colecciona presos en sus cárceles cuyo único crimen cometido fue protestar o pensar diferente a la minoría comunista que gobierna nuestro país. Sorprende como todos los poderes se pronuncian al unísono a favor del dictador y que el alto mando de la otrora institución militar venezolana se cuadre, o se “case”, con su proceso revolucionario. Esto es de todo menos una democracia, vivimos en cualquier cosa menos en libertad.

Mucha gente se pregunta qué será lo que desate la furia de los ciudadanos ante tanta violación a sus libertades individuales, nadie tiene respuesta ya que dichos eventos “fortuitos” no son fáciles de engendrar o predecir. No obstante, el comienzo del fin lo puede provocar algo tan sencillo como una franela, polera, ramera o como la prefieran llamar. Esta franela, combinada con una idea, se vuelve poderosa y se transforma en el símbolo de una causa tan importante como la libertad. Dicho símbolo, enarbolado por muchos, será imposible de ocultar o de censurar por aquellos que ostentan el poder socialista. Meter preso a uno es fácil, apresar a millones es algo complicado incluso para quienes firman chequeras petroleras.

El señor Miguel Ángel Hernández Souquett tuvo una idea y la plasmó en una franela, hoy está preso por expresar su opinión. Que sea dicha idea, aunque pase por soez, lo que convierta a la franela de todo ciudadano sediento de libertad en un símbolo incensurable. Comenzaremos por hacer unas cuantas por encargo, después serán millones y no esperamos que se limiten a nuestras fronteras Venezolanas. Que se exprese sin pudor en todo el continente Americano lo que nuestro estimado miguel se atrevió a mostrar:

HUGO ME CAGO EN TU REVOLUCIÓN

El socialismo y el mercantilismo tienen en común la destrucción del libre mercado

Por Hugo J. Faría


La visión socialista tiene al Gobierno como actor central de la sociedad. Por definición rechaza al libre mercado como mecanismo de asignación de recursos para maximizar el bienestar social. Esto explica los controles de precios, de cambio y de tasas de interés, que han existido en la economía venezolana durante los últimos 47 años. Supuestas fallas del mercado justifican que los denominados por Lenin, Commanding Heights de la economía -como el petróleo, hierro, gas, carbón, electricidad, teléfonos, agua, ferrocarriles y subsuelo-, sean propiedad del Estado. La visión mercantilista tiene por actor central de la sociedad a la empresa existente. Para que ésta sobreviva es necesario establecer aranceles, cuotas de importación, Ley de Salvaguarda, Ley antidumping, verificadoras de importación, complejos permisos sanitarios y devaluaciones que encarecen la vida del ciudadano de a pie. Estas prácticas también se traducen en la destrucción del libre mercado. 

En consecuencia, el socialismo y el mercantilismo tienen en común la destrucción del libre mercado. El primero por razones filosóficas; el segundo por razones utilitaristas, es decir, de conveniencia. Este denominador común es capaz de explicar la existencia de poderosas fuerzas inerciales del status quo, a pesar de la perversidad del mismo. Por ejemplo, cuando el Presidente de Venezuela anuncia, con su visión socialista, que no firmará el ALCA, algunos empresarios se sienten complacidos porque saben que no tendrán que competir y ser eficientes en virtud de que las barreras al comercio no bajarán. Cuando el Presidente despotrica del capitalismo y lo califica de "salvaje", al- gunos empresarios importantes del país ven con beneplácito la diatriba del Presidente porque saben que no habrá competencia.

Esta alianza vituperable entre socialismo y mercantilismo explica la notoriedad que en Venezuela tienen algunas corrientes de opinión. Por ejemplo, Ibsen Martínez escribe: "Si la caja de conversión dolarizadora de Cavallo resultó una m..., esto de los clubes de trueque era directamente un tango". Es decir, un mecanismo que acabó con la inflación en Argentina y, por tanto, durante su existencia preservó la integridad del fruto del trabajo del ciudadano promedio y, en consecuencia, protegió un derecho humano, es un excremento. ¿A quién favorece esta retórica? Al Gobierno, que al no dolarizar puede obtener más recursos vía devaluación, y al empresariado ineficiente en virtud de la devaluación destructora de la competencia.


Sobrevaluación en boca de nosotros los economistas suele significar la conveniencia y/o inexorabilidad de reducir coercitivamente los sueldos y salarios de los ciudadanos a través de la devaluación. En virtud de la devaluación se encarecen las importaciones (mercantilismo) y se le dan más recursos al Estado, viabilizando su propiedad de los sectores básicos de la economía (socialismo). Si el bolívar se sobrevalúa crónicamente, ¿por qué será que no recomendamos que el ciudadano común devengue su sueldo en dólares o euros, el mecanismo más efectivo para protegerlo del atraco de la devaluación? ¿Por qué no clamamos por una reducción del costo de hacer negocios en el país, para propiciar la competitividad de la empresa radicada en Venezuela? A Joseph Stiglitz le conceden el Premio Nobel de Economía en el 2001 por fallas de mercado que emanan de las asimetrías de la información. Al año siguiente lo invitamos a Venezuela. Dicta conferencias en varias universidades y escribe con cierta regularidad en nuestra prensa. ¿Casualidad o intencionalidad promotora del contubernio?

Aclaro: al padre Luis Ugalde le tengo gran respeto como sacerdote. Sin embargo, en sus comentarios públicos sobre materias opinables no deja de asomarse su tendencia socialista, a pesar, en mi opinión, de la ambigüedad de su lenguaje. Así en entrevista reciente en El Universal afirma "...porque el socialismo, si uno lo toma en serio, no es una simple denuncia contra la opresión humana (denuncia que sí es cristiana), sino la búsqueda de una sociedad más justa y con igualdad de oportunidades. El socialismo es un intento histórico concreto por diseñar un modelo económico en la sociedad moderna...". Si buscamos el socialismo romántico, como pareciera sugerir el intelectual Ugalde, ciertamente no vamos a encontrar el capitalismo, única vía demostrada que acaba con la pobreza crítica; pero sí destruiremos la competencia favoreciendo al mercantilismo y los privilegios de unos pocos. 

viernes, 12 de noviembre de 2010

La ignorancia humana y la ingeniería social

Wendy McElroy
The Freeman



A través de gran parte de la historia intelectual, la sociedad ha sido considerada como el resultado del diseño de alguien. En su voluminosa obra de Law, Legislation, and Liberty, el teórico social F. A. Hayek se refirió a esta posición como el “racionalismo constructivista” y replicó vigorosamente contra la misma. En su discurso en ocasión de recibir el Premio Nóbel en 1974, titulado “La Pretensión del Conocimiento,” Hayek expresó un punto de vista diferente acerca de cómo se desarrolló la sociedad:
El reconocimiento de los insuperables límites de su conocimiento debería de hecho enseñarle al estudiante de la sociedad una lección de humildad, que debería prevenirlo de volverse un cómplice en el fatal esfuerzo de los hombres por controlar a la sociedad—un esfuerzo que no solamente lo vuelve un tirano sobre sus compañeros, sino que puede convertirlo también en el destructor de una civilización a la cuál ningún cerebro ha diseñado sino que ha crecido en base a los libres esfuerzos de millones de individuos.

Hayek se opuso a cualquier tentativa de manipular—es decir, planificar y coordinar centralizadamente—la estructura de la sociedad. Creía que tal ingeniería realmente destruiría a la sociedad en lugar de erigirla, la cual era el resultado de la acción humana pero no del diseño humano. Junto al economista austriaco Ludwig von Mises, Hayek proporcionó las que son discutiblemente las mejores críticas de las teorías y de las políticas “constructivistas” que han crecido en popularidad durante el siglo veinte.
Tanto Hayek como Mises habían atestiguado la devastación del liberalismo clásico por parte de dos guerras mundiales, pero particularmente por la Primera Guerra Mundial. En la época de guerra los gobiernos habían afianzado el control centralizado sobre el sector privado para asegurarse un flujo continuo de armamentos y de otros bienes que juzgaban necesarios para la victoria. Los gobiernos habían inflado sus ofertas de dinero a fin de solventar masivos refuerzos militares. Y la guerra había estrangulado el flujo del libre comercio al que los liberales clásicos consideraban un prerrequisito para la paz, la prosperidad, y la libertad. En síntesis, Hayek y Mises habían contemplado cómo el estatismo del siglo veinte reemplazaba al liberalismo clásico del siglo diecinueve.

Si la “guerra es la salud del estado,” como el individualista estadounidense Randolph Bourne lo declarara, entonces Hayek y Mises atestiguaron el impacto de un corolario obvio: a saber, que la guerra es la muerte de la libertad individual. Y que la ingeniería social fue un mecanismo clave mediante el cual esa libertad fue destruida. De hecho, uno de los trabajos iniciales de Mises, Nation, State, and Economy (1919), analizaba las consecuencias desastrosas de la planificación centralizada introducida por la Primera Guerra Mundial.

Pero Hayek y Mises no se oponían meramente a la ingeniería social sobre la base de argumentos utilitarios. Independientemente, cada uno de ellos desarrolló sistemas complejos y sofisticados de la teoría social para explicar cómo las instituciones de la sociedad se evolucionaron naturalmente. Sostenían que las instituciones de una sociedad saludable eran el resultado colectivo e involuntario de la acción humana. Los fenómenos sociales complejos—tales como el derecho, el lenguaje, y el dinero—eran especialmente las consecuencias involuntarias de las interacciones individuales. Por ejemplo, ningún comité o autoridad central decidió inventar el habla humana, para no mencionar el diseñar una lengua tan complicada como el inglés. Actuando solamente para alcanzar sus propios fines, los individuos comenzaron a efectuar sonidos a fin de facilitar el poder conseguir lo que deseaban de otras personas. Así, el habla fue el resultado de la acción humana pero no del diseño humano, y la mismo evolucionó naturalmente en el lenguaje. La evolución puede no haber procedido con eficiencia científica, pero fue lo suficientemente eficiente como para permitir el desarrollo de la civilización. La eficiencia de los programas gubernamentales no tolera la comparación.

No obstante ello, los constructivistas sostenían que una sociedad no planificada es derrochadora y caótica. Con el conocimiento suficiente, podrían manipular una sociedad perfectamente eficiente. No habría más sobrantes ni escaseces. Los mercados de valores no colapsarían, y las monedas no fluctuarían. Tal vez incluso la sociedad pudiese ser diseñada de modo tal que sus miembros se encaminasen al unísono hacia metas sociales deseables, tal como han marchado juntos hacia la victoria en tiempos de guerra.

Hayek puntualizó francamente que el conocimiento que los constructivistas procuraban era inalcanzable. No era posible planificar las dinámicas del mañana basados en cómo actuaron los individuos ayer. La gente era imprevisible. Los seres humanos eran fundamentalmente diferentes de los objetos físicos examinados por las ciencias duras. Un científico podía aprender todo lo que necesitaba saber sobre el movimiento de un objeto, y su conocimiento no cambiaría necesariamente durante el tiempo. Pero los seres humanos actuaban basándose en factores y motivaciones psicológicas que se encontraban ocultos, a menudo aún para ellos mismos. La sociedad no consistía en objetos que podían ser prolijamente categorizados y hechos para obedecer las leyes de la ciencia. La sociedad consistía de individuos erráticos e imprevisibles.

Mises efectuó una puntualización similar acerca de la teoría monetaria. Demostró que aún la aparentemente objetiva herramienta del cálculo monetario—del tipo que la gente utiliza informalmente para decidir, por ejemplo, si pedir un aumento—es ineficaz para una planificación social más amplia. En el mejor de los casos, los precios eran un antecedente histórico; el precio del pan es un precio del pasado, incluso si el pasado fuese muy reciente. Esta información podría crear la anticipación de cuál podría ser el precio del pan mañana, pero la misma no podría predecir nada. Una escasez de pan podría hacer disparar su precio. Por otra parte, emplear el ayer para manipular el mañana iba en contra de un principio fundamental de la acción humana: el principio del cambio inevitable.

En La Acción Humana: un Tratado de Economía (1949), Mises comentaba, “La acción humana origina el cambio. En la medida que haya acción humana no hay estabilidad, sino alteración incesante. . . Los precios del mercado son hechos históricos expresivos de una situación que prevaleció en un instante definido del proceso histórico irreversible. . . .. En el imaginario—y, por supuesto, irrealizable—estado de rigidez y estabilidad no hay cambios a ser medidos. En el mundo real del cambio permanente no hay puntos fijos. . . ”

Desde Nation, State, and Economy a su obra magna, La Acción Humana, Mises elocuentemente objetó la posibilidad de adquirir el suficiente conocimiento como para dirigir a la sociedad. Igualmente, desde el trabajo The Sensory Order: An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology (1952, pero aparentemente basado en el trabajo que realizara en 1919 y 1920) hasta su mucho más popular El Camino de Servidumbre (1944), Hayek integró campos tan diversos como la epistemología y la economía para formar una teoría social que le negaba cualquier validez a la planificación centralizada.
A través del trabajo de estos teóricos, dos conceptos cercanamente relacionados emergen una y otra vez: el individualismo metodológico y el orden espontáneo. Estos conceptos son fundamentales para entender por qué Hayek y Mises tan inflexiblemente rechazaban a la ingeniería social.

El Individualismo Metodológico

En La Acción Humana, Mises ofrecía una descripción de lo que denominaba “El Principio del Individualismo Metodológico”: “Primero debemos percatarnos de que todas las acciones son realizadas por individuos. . . Si escudriñamos el significado de las distintas acciones desarrolladas por los individuos debemos aprender necesariamente todo acerca de las acciones de los todos colectivos. Pero un colectivo social no posee existencia y realidad alguna fuera de las acciones de los miembros individuales.”

Mises sostenía que los todos colectivos—tales como “la familia” o “la sociedad”—no eran nada más que la suma de los miembros individuales que los constituían. Tales todos eran abstracciones útiles para indicar la interacción de los individuos en un contexto específico. La “familia” indica un conjunto de interacciones, el “club de canasta” otro.
Al reducir el funcionamiento del grupo a su elemento más básico—los actos de los individuos—Mises no negaba la importancia de los todos colectivos. Todo lo contrario. Mises explicaba que “el individualismo metodológico, lejos de disputar la significación de tales todos colectivos, la considera como una de sus tareas principales para describir y analizar su surgimiento y su desaparición, sus cambiantes estructuras, y su operación. Y el mismo escoge el único método adecuado para resolver satisfactoriamente este problema.”

Para decirlo de otro modo, el individualismo metodológico era una poderosa herramienta analítica que podía ser utilizada para descubrir los principios en base a los cuales un grupo de personas interactuaba. Era el mejor método con el cual comprender a la sociedad.

El Individuo como una Abstracción

Con el surgimiento del marxismo, aquellos que favorecían el individualismo metodológico fueron a menudo acusados de “atomismo” o de reduccionismo. Los marxistas fueron muy lejos en cuanto a afirmar que era el individuo, y no la sociedad, quien constituía una verdadera abstracción. En su forma extrema, estos holistas sociales negaban incluso que el individuo existiese sin la sociedad. Como Mises lo observara, “la noción de un individuo, dicen los críticos, es una abstracción vacía. El verdadero hombre es necesariamente siempre un miembro de un todo social.”

Karl Marx sostenía este punto usando una clase de ejemplo de Robinson Crusoe. Marx afirmaba que un individuo que crecía aislado en una isla desierta no sería un ser humano. El nudo de su argumento era que los seres humanos son organismos sociales—construcciones sociales, si lo prefiere—quienes no pueden ser removidos del contexto que los define y continuar siendo seres humanos. El Robinson Crusoe adulto era claramente un ser humano, pero su humanidad resultaba de una historia de socialización previa. El lenguaje, el pensamiento, el arte—todo lo que hizo humano a Crusoe había resultado de su vida en comunidad. Invirtiendo la lógica misesiana, Marx sostenía que el todo colectivo llamado “sociedad” creaba a sus miembros individuales, quienes podían ser entendidos tan solo examinando las reglas de esa sociedad. Marx dio un paso adicional e intentó extender los principios y la metodología de las ciencias duras—tales como la previsibilidad y el control—a la sociedad.

Los liberales clásicos contrarrestaron diciendo que una persona que ha sido criada en el aislamiento completo aún sería un ser humano. Por ejemplo, tendría una escala de preferencias y actuaría para alcanzar a la más alta de ellas primero. Es cierto, que sin la interacción social, las principales potencialidades dentro de la humanidad de la persona nunca se desarrollarían o serían expresadas. Por ejemplo, no habría razón para desarrollar las habilidades del lenguaje y ninguna posibilidad de convertirse en padre. Si el individuo aislado fuese rescatado y colocado dentro de la sociedad, sin embargo, sus potencialidades no expresadas podrían emerger perfectamente. Pero cualesquiera fuesen las características desarrolladas, las mismas emergerían de su propio potencial inherente como un ser humano y serían el resultado de las interacciones individuales que experimentó. Las características no emergerían debido a que un todo colectivo llamado “sociedad” las definió en existencia.

Los liberales clásicos no combatieron la afirmación de que los grupos poseían una dinámica acumulativa que era diferente a la dinámica del hombre aislado. Después de todo, solamente en sociedad surgieron los intercambios intelectuales y económicos. Pero creían que las diferencias podrían ser explicadas desdoblando la dinámica del grupo en las intrincadas interacciones de los individuos que lo constituían. Por ejemplo, todo lo atinente a una conversación podía ser desdoblado en las declaraciones, el lenguaje corporal, y las acciones de los individuos implicados. Nada sobre la conversación requería principios de explicación adicionales.

Este enfoque metodológico funcionaba para analizar incluso a todos colectivos extremadamente complejos tales como “el Estado.” Todo lo que el Estado hizo o era podía ser reducido a las acciones individuales. Como Mises lo explicaba, “el verdugo, no el Estado, ejecuta a un criminal. Es el significado de aquellos interesados lo que discierne en la acción del verdugo a una acción del Estado.” Los individuos que observan al verdugo ven el Estado en acción solamente porque una abstracción conocida como “el Estado” proporciona un contexto para su acción. Igualmente, la gente nunca ve u oye verdaderamente a una conversación del grupo. Todos lo que ven u oyen son individuos hablando, y etiquetan a la suma de su intercambio como una “conversación del grupo.”

El individualismo metodológico tuvo implicancias profundas para la teoría de la ingeniería social. Si los todos colectivos eran un “proceso mental” dentro de los individuos antes que entidades concretas con existencia independiente, entonces no tenía sentido alguno sostener que existían reglas y las características únicas que se aplicaban a los colectivos y no a los individuos. El individualismo metodológico removió a los todos colectivos de un reino objetivo gobernado por los principios científicos y los regresó al reino subjetivo del juicio y de las preferencias humanas. En vez de ser capaces de diseñar instituciones sociales, tales como los bancos, para funcionar junto a los principios científicos, los ingenieros sociales fueron reducidos a individuos reguladores. Fueron involucrados en la planificación de cómo los seres humanos expresarían sus preferencias en el futuro—un conocimiento que los propios individuos raramente poseían. Y sin embargo, un interrogante subsiste. Sin planificación, ¿cómo puede mejorar la sociedad? Parte de la respuesta será encontrada en el segundo concepto que ronda la obra de Hayek y de Mises

El Orden Espontáneo

Durante el siglo dieciocho, teóricos como Adam Smith comenzaron a examinar el impacto que las consecuencias no queridas de la acción humana tenían sobre la sociedad. Éstas eran las consecuencias colectivas que se amplificaban como un resultado de los individuos persiguiendo sus propios intereses individuales. Por ejemplo, si veinte personas caminaban la distancia más corta a través de un campo, un sendero tosco a través del campo sería establecido. Pero el forjar el sendero sería una consecuencia involuntaria de la meta consciente de cada individuo—alcanzar el otro lado rápidamente.

Smith venía a creer que la sociedad y sus instituciones podían ser comprendidas de la mejor manera posible mediante la referencia a tales consecuencias no queridas. Considérese el precio del pan de ayer. Nadie legisló cuánto se encontraba usted dispuesto a pagar el pan ayer. Ese precio resultó de factores imprevisibles tales como cuán altamente usted apreciaba al pan veinticuatro horas atrás. La institución social del precio, por lo tanto, ha sido establecida espontáneamente. La misma era también auto-correctiva; es decir, el precio espontánea y rápidamente fluctuó para reflejar los factores cambiantes, tales como la disponibilidad de pan. Y porque tales cambios eran imprevisibles, sólo una respuesta espontánea—no una pre planificada—podía responder adecuadamente.

Ningún escritor contemporáneo ha explorado la idea de las instituciones sociales espontáneas y autocorrectivas en mayor profundidad que Hayek. En su ensayo “Principios de una Orden Social Liberal,” Hayek abordó una objeción que él encontraba a menudo. Escribió: “Mucha de la oposición a un sistema de libertad bajo leyes generales surge de la inhabilidad para concebir una coordinación efectiva de las actividades humanas sin la organización deliberada por parte de una inteligencia comandante” (Studies in Philosophy, Politics and Society, 1960).

Para los holistas sociales, el “orden” y la “eficiencia” eran conceptos que parecían estar ligados juntos. Mises y Hayek acordaban, pero utilizaban una definición diferente de “orden.” Para los holistas sociales, la palabra parecía conjurar visiones cuasi-militares de una sociedad marchando hombro a hombro hacia una meta común. La misma se encontraba incorporada en planes quinquenales que reducían el funcionamiento de la sociedad a ecuaciones matemáticas. Por el contrario, el orden al que adherían Mises y Hayek era uno espontáneo en el cual los individuos perseguían sus propios y diversos intereses sin la coordinación de una autoridad central.

¿A qué se parece dicho orden? Un ejemplo clásico es el Mercado de Valores de Nueva York, el cual fue creado como un lugar en el cual las acciones podían ser compradas y vendidas de lunes a viernes a partir de las 9 de la mañana y hasta las 4 de la tarde. Ninguna autoridad predominante establecía los precios, límites de volumen, etc. Estos eran establecidos por los bolsillos de los individuos que perseguían sus propias preferencias de una manera que se asemejaba al caos. Vociferando en el piso, que se encontraba dispuesto a comprar la acción ABC al precio X, un comerciante intentaba perseguir nada más que las preferencias de su cliente. Pero una consecuencia involuntaria de su acción era el establecimiento de un precio general para la acción ABC.

El orden espontáneo puede asemejarse al caos. En palabras de Hayek, es la clase de orden “cuya justificación en el instante particular puede no ser reconocible, y el cual. . . aparecerá a menudo ininteligible e irracional.” (“Individualismo Verdadero y Falso” en Individualism and Economic Order, 1948) Irónicamente, esta semejanza al caos puede indicar un aspecto de por qué el orden espontáneo es eficiente. Después de todo, las circunstancias cambiantes a las cuales esta clase de orden responde no poseen algún orden lógico o predecible. Así como el piso de la negociación de un mercado de valores no puede funcionar según las reglas de etiqueta de la Srta. Manners, también una sociedad dinámica requiere de instituciones con fluidez.

De hecho, la principal ventaja de un sistema de toma de decisiones descentralizado puede bien ser su capacidad para ajustarse constante y rápidamente a las circunstancias cambiantes. Allí donde la ingeniería social exige un futuro estable y un conocimiento divino del presente, el orden espontáneo reconoce e incorpora la inevitabilidad del cambio y la insuficiencia del conocimiento humano.
Un individuo conoce tanto como es posible conocer sobre sus propias preferencias y actos futuros. Cuanto más lejos usted se mueve del individuo, menos confiables se torna la información—y menos perfectas las consecuencias de la toma de decisiones.

Divergiendo desde un Punto Común

Hay un sentido en el cual tanto Hayek como Mises basaron sus argumentos para la libertad individual sobre la ignorancia humana. En La Constitución de la Libertad (1960), Hayek reconoce que la necesidad de libertad “descansa principalmente en el reconocimiento de la inevitable ignorancia de todos nosotros en lo referente a muchos de los factores sobre los cuales dependen el logro de nuestros fines y el bienestar.” Irónicamente, los constructivistas emplean en gran medida el mismo argumento para su posición: los seres humanos no son naturalmente perfectos, por lo tanto la sociedad debe ser dirigida y diseñada. Desde un punto de acuerdo común—es decir, la insuficiencia del conocimiento humano—las dos partes alcanzan conclusiones diametricalmente opuestas.

Traducido por Gabriel Gasave

martes, 9 de noviembre de 2010

MARXISMO DIGERIDO

Por Alberto Mansueti

En 1928, Norman Thomas, líder del Partido Socialista de EEUU, redactó un Programa de 14 puntos, inspirado en la teoría de la plusvalía salarial y el ideario marxista de la explotación de los obreros por el capitalismo, y de la necesidad de intervención estatal en su defensa. Medio siglo después --a fines de los ’70-- los esposos Milton y Rose Friedman los revisaron uno a uno. ¡Todos se habían aplicado y estaban en vigencia!

Vea Ud. la lista de medidas, y el comentario de los Friedman en cada caso, sobre la situación en 1980, cuando se publicó “Libertad de elegir”.

1. “Nacionalización de los recursos naturales”. En EEUU los recursos naturales están bajo fuerte control del Gobierno Federal, conforme a las leyes ambientalistas.
2. “Un sistema de energía de propiedad pública”. Fue decretado por Roosvelt en 1933: la Autoridad del Valle de Tennessee, dotada con amplias facultades. Aún existe. Y otras muchas oficinas estatales con enormes poderes y atribuciones: Departamento de Energía, Comisión Federal de Energía.
3. “Nacionalización de los ferrocarriles y otros medios de transporte y comunicación”. En EEUU los trenes de pasajeros son estatales (Amtrak). Y a través de la Comisión Federal de Comunicaciones, el Gobierno controla a las empresas de teléfonos, radio y TV.
4. “Programa de control de inundaciones y administración de riego”. Hay muchos en vigencia, con presupuestos de varios U$S miles de millones al año.
5. “Plan de Obras Públicas para aliviar el desempleo”. En los años ’30 se decretaron dos programas: WPA (Works Progress Administration) y PWA (Public Works Administration). Ahora hay otros muchos.
6. “Regulación del trabajo por los sindicatos”. Consagrada por las leyes Davis-Bacon y Walsh-Healey, y muchas otras normas laborales antiguas y más recientes.
6. “Préstamos sin intereses a los estados y municipios”. Las subvenciones federales para los gobiernos locales alcanzan a varias decenas de miles de U$S millones al año en EEUU.
7. “Seguro de desempleo”. Es ahora parte de la Seguridad Social.
8. “Una Agencia Pública de Empleo, en cooperación con los sindicatos”. Es el actual Servicio de Empleo de los EEUU, a nivel federal, a la cabeza de varios miles de oficinas locales.
9. “Seguro médico y de accidentes, y un sistema de jubilaciones y pensiones.” Es ahora parte de la Seguridad Social.
10. “Recortar la jornada laboral, con descanso de dos días semanales”. En las actuales leyes laborales, más de 48 horas a la semana es “tiempo extra”.
11. “Una enmienda contra el trabajo infantil”. Se suprimió, no por una enmienda sino por varios instrumentos legislativos.
12. “Estatización del trabajo penitenciario”. Se ha logrado, en parte: los contratos con empresas están severamente limitados y restringidos.
13. “Más impuestos a los ricos, a las sociedades y a las herencias”. Las tasas superiores han crecido de 15/18 % en años los ’30 hasta llegar a niveles de 70 %.
14. “Altos impuestos para los terrenos dedicados a la especulación”. Todos los impuestos a la propiedad inmueble han aumentado drásticamente desde entonces.

Tres viejas aspiraciones socialistas no estaban en el Programa de 1928: a) Impuesto progresivo sobre la renta; b) Banca Central; c) Elección directa de los senadores nacionales. ¿Por qué no se mencionaron? Porque habían sido puestas en vigor 15 años antes, en 1913.

¿Y en el Perú? En ese mismo año de 1928, José Carlos Mariátegui redacta para el Partido Socialista Peruano un Programa de 19 puntos, aprobado a comienzos del año siguiente, 1929. Ahora, a más de 60 años de distancia, ¡todas sus exigencias se han cumplido a rajatabla! Vea Ud.:

1. Libertad de asociación, reunión y prensa para los trabajadores.
2. Derecho de huelga y abolición de la conscripción vial.
3. Derogación de la ley de vagancia.
4. Seguro y Asistencia Sociales a cargo del Estado.
5. Aplicación inmediata de las leyes laborales de accidentes, de mujeres y menores, y de la jornada de 8 horas en la agricultura.
6. Reconocimiento del paludismo como enfermedad profesional.
7. Jornada de 7 horas en las minas y trabajos insalubres.
8. Aplicación de las leyes laborales en las empresas mineras y petroleras.
9. Aumento de salarios según el costo de vida.
10. Abolición de todo trabajo forzado o gratuito.
11 a 15. Reforma Agraria (disposiciones normativas).
16. Derechos laborales de los empleados.
17. Reglamentación de las jubilaciones.
18. Salarios mínimos legales.
19. Ratificación de la libertad de cultos y enseñanza religiosa, y gratuidad de la enseñanza.

¿Conclusión? Desde comienzos del s. XX, en todos los países los socialistas proponen medidas inspiradas en las doctrinas del marxismo, supuestamente para mejorar el nivel de vida de los trabajadores y reducir la pobreza.

Hay dos noticias: la buena (para ellos) es que las medidas propuestas están en vigencia desde hace muchos años. La mala es que sus objetivos declarados no se han cumplido.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Democracia, un requisito. República, una necesidad

En tiempos de idealización cívica, muchos dirigentes y demasiados ciudadanos se han hecho fundamentalistas de los principios de la democracia. Suponen que con ella es suficiente y que resuelve todos los problemas.

Creen que ese término los habilita para hacer y deshacer según se los posibilita la sumatoria de voluntades que logran reunir en una situación de coyuntura. Han convertido un concepto relevante en un mero ejercicio aritmético donde el que tiene la mayoría puede imponer su voluntad de modo discrecional, sin rendir cuentas, mas que a sus propios votantes.

Aun quedan unas pocas dictaduras en el mundo. Se las cuestiona en cuanta discusión se plantee, en cuanto foro internacional se presente. Las democracias ganaron terreno y queda claro que es un gran paso que así haya sucedido.

Pero no habrá que confundirse si aspiramos a vivir en un mundo mejor, mas justo, mas equitativo. La democracia es una doctrina que permite dirimir diferencias, un mecanismo que resuelve que hacer cuando no logramos acordar como comunidad, pero lejos está de ser la panacea. Su llegada permitió poner en manos de la ciudadanía los asuntos públicos, pero una democracia sin república nos lleva irremediablemente al gobierno de los caprichos, al reinado de los berrinches, al infantilismo de las mayorías.

La democracia es el requisito, el medio, pero de ningún modo puede constituirse en el fin último de un sistema político. La república es el mecanismo por excelencia que posibilita una convivencia pacifica, ordenada, sensata, donde los antojos del presente no pueden imponerse con tanta facilidad.

Y no es que la republica proponga un esquema infalible. Adolece de grandes inconvenientes, y hasta puede cometer injusticias, pero es su esencia, la del contrapeso del poder, la del mecanismo de balanzas que se compensan unas con otras, garantizando el inestable equilibrio que nos debe gobernar.

No es perfecta la republica, pero puede evitar los abusos, desterrar los atropellos y amortiguar el impacto de las decisiones intempestivas. En fin, puede jugar su rol, el de asegurar una cuota de sentido común, de sensatez, de prudencia y madurez. A veces lo consigue, otras no, pero en todo caso funciona como una red de contención adicional, para sortear los paraísos que parece proponer una democracia frágil.

Las sociedades que han logrado avanzar, que consiguen progresar de modo sostenido e inteligente, tienen en común la fortaleza de sus instituciones. Eso supone saber que ellas no son perfectas, que sus decisiones no son siempre las óptimas, pero que en el balance general, respetarlas, aceptarlas, trae consigo prosperidad y equidad.

Algunas comunidades lo comprendieron, y lo ejercitan a diario, no sin contratiempos de tanto en tanto. Otras, aun prefieren los vaivenes de las mayorías circunstanciales, el fundamentalismo de las matemáticas.

Habrá que saber distinguir entre los que usan la democracia y los que abusan de sus virtudes. No todos creen en ella. Muchos solo la usurpan para utilizarla como puente entre su presente y sus objetivos Los que creen en ella fervientemente, la defienden aun cuando el sistema les de la espalda. La democracia es mucho más que un concepto algebraico. Ya no se trata de quien suma mas, se trata de consensos, de acuerdos, de búsqueda de puntos en común para una construcción ciudadana.

Los que lo comprendieron y lo aplican cotidianamente, lo saben porque disfrutan de esas bondades. Pero para aquellos que no aprenden de sus errores, y se dejan tentar por las tentadoras burbujas del poder, utilizando a pleno las potestades que se derivan de las circunstanciales mayorías, una dosis importante de republica, resuelve la cuestión y pone freno efectivo al desatino.

El equilibrio de los poderes, los contrapesos, el balance de fuerzas, mecanismos de control cruzado, de supervisión y seguimiento combinados, hace que todos cumplan con su rol, y se aseguren de que el engranaje propio funcione, para que el todo no se detenga y encuentre en ese movimiento, la armonía, la cadencia, la mesura que todos precisamos en estos tiempos de pretendida mayor civilidad.

Algunos sostienen que se trata de cumplir el proceso de maduración político para llegar a ello. Son los que entienden que el paso del tiempo aporta esa templanza necesaria para asumir los errores del pasado y corregirlos hacia el futuro. Pero tal vez no se trate de eso y sea mucho más simple. Es posible que solo se trate de creer en ello, de asimilar los mecanismos republicanos, y adherir férreamente a sus principios, para lo que resulta imprescindible, olvidarse de los nombres y apellidos, de los personalismos, de los coyunturales líderes del presente.

Los sistemas perduran, si logran solidez, mucho más allá de los hombres. Consolidar la democracia, fortalecer la republica no es una tarea de tiempos, de procesos de maduración, es un asunto que tiene que ver con las convicciones, de entender que es lo mejor para una sociedad y creer en ello. Ya no se trata de lo que conviene, sino de lo que corresponde, aunque no convenga.

La inmediatez del corto plazo que nos propone la vertiginosidad de este tiempo, hace que intentemos llevar esa dinámica cotidiana a la política. Por otro lado, el avance del Estado y los gobiernos sobre las libertades individuales ha significado que la política controle más allá de lo imaginable, la actividad de los ciudadanos.

Esos mecanismos parecen obligarnos a un contacto mas fluido con el sistema político con el que hay que confrontar a diario. Y esa inmediatez parece obligar a sumar votos, a tener mayorías, solo para imponer criterios de unos sobre otros, dejando así de lado el dialogo, los acuerdos, y sobre todo las decisiones voluntarias.

Tal vez debamos revisarnos esta adicción por intimidar como medio para someterlo a la voluntad de otros. Esta dinámica está muy lejos del espíritu de las democracias concebidas como un modo de que la sociedad conduzca el rumbo. Termina pareciéndose mucho a los regimenes despóticos, autoritarios y dictatoriales, esta vez disfrazados con un ropaje más prolijo.

Necesitamos democracia, mas democracia, porque es un requisito indispensable, pero sin los contrapesos de la republica, no lograremos avanzar lo suficiente.


Alberto Medina Méndez
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PUBLICADO EN EL DIARIO EPOCA DE CORRIENTES, ARGENTINA, EL JUEVES 28 DE OCTUBRE DE 2010