sábado, 13 de noviembre de 2010

El socialismo y el mercantilismo tienen en común la destrucción del libre mercado

Por Hugo J. Faría


La visión socialista tiene al Gobierno como actor central de la sociedad. Por definición rechaza al libre mercado como mecanismo de asignación de recursos para maximizar el bienestar social. Esto explica los controles de precios, de cambio y de tasas de interés, que han existido en la economía venezolana durante los últimos 47 años. Supuestas fallas del mercado justifican que los denominados por Lenin, Commanding Heights de la economía -como el petróleo, hierro, gas, carbón, electricidad, teléfonos, agua, ferrocarriles y subsuelo-, sean propiedad del Estado. La visión mercantilista tiene por actor central de la sociedad a la empresa existente. Para que ésta sobreviva es necesario establecer aranceles, cuotas de importación, Ley de Salvaguarda, Ley antidumping, verificadoras de importación, complejos permisos sanitarios y devaluaciones que encarecen la vida del ciudadano de a pie. Estas prácticas también se traducen en la destrucción del libre mercado. 

En consecuencia, el socialismo y el mercantilismo tienen en común la destrucción del libre mercado. El primero por razones filosóficas; el segundo por razones utilitaristas, es decir, de conveniencia. Este denominador común es capaz de explicar la existencia de poderosas fuerzas inerciales del status quo, a pesar de la perversidad del mismo. Por ejemplo, cuando el Presidente de Venezuela anuncia, con su visión socialista, que no firmará el ALCA, algunos empresarios se sienten complacidos porque saben que no tendrán que competir y ser eficientes en virtud de que las barreras al comercio no bajarán. Cuando el Presidente despotrica del capitalismo y lo califica de "salvaje", al- gunos empresarios importantes del país ven con beneplácito la diatriba del Presidente porque saben que no habrá competencia.

Esta alianza vituperable entre socialismo y mercantilismo explica la notoriedad que en Venezuela tienen algunas corrientes de opinión. Por ejemplo, Ibsen Martínez escribe: "Si la caja de conversión dolarizadora de Cavallo resultó una m..., esto de los clubes de trueque era directamente un tango". Es decir, un mecanismo que acabó con la inflación en Argentina y, por tanto, durante su existencia preservó la integridad del fruto del trabajo del ciudadano promedio y, en consecuencia, protegió un derecho humano, es un excremento. ¿A quién favorece esta retórica? Al Gobierno, que al no dolarizar puede obtener más recursos vía devaluación, y al empresariado ineficiente en virtud de la devaluación destructora de la competencia.


Sobrevaluación en boca de nosotros los economistas suele significar la conveniencia y/o inexorabilidad de reducir coercitivamente los sueldos y salarios de los ciudadanos a través de la devaluación. En virtud de la devaluación se encarecen las importaciones (mercantilismo) y se le dan más recursos al Estado, viabilizando su propiedad de los sectores básicos de la economía (socialismo). Si el bolívar se sobrevalúa crónicamente, ¿por qué será que no recomendamos que el ciudadano común devengue su sueldo en dólares o euros, el mecanismo más efectivo para protegerlo del atraco de la devaluación? ¿Por qué no clamamos por una reducción del costo de hacer negocios en el país, para propiciar la competitividad de la empresa radicada en Venezuela? A Joseph Stiglitz le conceden el Premio Nobel de Economía en el 2001 por fallas de mercado que emanan de las asimetrías de la información. Al año siguiente lo invitamos a Venezuela. Dicta conferencias en varias universidades y escribe con cierta regularidad en nuestra prensa. ¿Casualidad o intencionalidad promotora del contubernio?

Aclaro: al padre Luis Ugalde le tengo gran respeto como sacerdote. Sin embargo, en sus comentarios públicos sobre materias opinables no deja de asomarse su tendencia socialista, a pesar, en mi opinión, de la ambigüedad de su lenguaje. Así en entrevista reciente en El Universal afirma "...porque el socialismo, si uno lo toma en serio, no es una simple denuncia contra la opresión humana (denuncia que sí es cristiana), sino la búsqueda de una sociedad más justa y con igualdad de oportunidades. El socialismo es un intento histórico concreto por diseñar un modelo económico en la sociedad moderna...". Si buscamos el socialismo romántico, como pareciera sugerir el intelectual Ugalde, ciertamente no vamos a encontrar el capitalismo, única vía demostrada que acaba con la pobreza crítica; pero sí destruiremos la competencia favoreciendo al mercantilismo y los privilegios de unos pocos. 

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