sábado, 11 de diciembre de 2010

La Trampa de Bien Común

Por Alberto Mansueti

La noción de que “el bien común es superior al bien individual” esconde una trampa semántica. Consiste en suponer al individuo como contrario al bien común de la sociedad, y al Estado como representante exclusivo del mismo, e identificado con él, y a la empresa y entes privados con el bien particular o individual. Y de allí concluir que por causa del bien común puede y debe el Estado ser propietario y administrador de fundos, comercios e industrias, bancos, escuelas y hospitales, cajas de pensión, etc., y dominador y reglamentador de ese tipo de instituciones cuando son privadas. Es toda una cadena de razonamientos falaces, disimulados en expresiones confusas y engañosas, típicos del adoctrinamiento socialista.

En realidad el Estado contribuye al bien común, cumpliendo sus funciones propias: en la defensa y policía, ministrando justicia, y contratando las obras públicas. Pero también las empresas privadas contribuyen no menos al bien común, cumpliendo las suyas, en el mercado libre y competitivo, sin castigos ni premios (privilegios) estatales. E igualmente los centros educativos y médicos, cajas de pensión, etc. Sin embargo, todo esto oculta la trampa semántica.

Y si reemplazamos la expresión bien común por “interés colectivo” o “público” es lo mismo: otras tantas expresiones que admiten malinterpretaciones tramposas. Es de interés público que el Estado cumpla bien sus funciones propias; pero también que lo hagan las empresas e instituciones, educativas, médicas, etc., para lo cual deben ser privadas, libres y competitivas. El Estado no es dueño exclusivo del interés público.

El concepto de “justicia social” envuelve otra trampa mayor si cabe: se hace equivaler a igualdad, y a ese fin se atribuye la Estado la función de redistribuir la riqueza.

En realidad somos desde la cuna desiguales, en todo: salud, familia, físico, carácter, capacidades e inclinaciones individuales, fortuna y economía personales, etc. (Y en nuestro destino eterno somos mucho más desiguales todavía ...) Y el Estado no puede hacernos iguales, salvo ante la ley, y eso sólo si es una sola ley igual para todos, no como en el Estado redistribuidor: millares de leyes distintas para millares de gentes (distintas). Leyes que no les quitan a los ricos para darles a los pobres, ¡embuste! nos quitan a todos para darle al Estado y a sus funcionarios, empleados, allegados y favorecidos, tal y como la Biblia lo anticipa proféticamente en I Samuel 8, condenando al Estado redistribuidor.

Los males de Venezuela y Latinoamérica han sido los partidos socialdemócratas, que compraron la trampa de la justicia social, y nos vendieron socialismo democrático disfrazado de “democracia social” -otro fraude semántico-; y los democristianos, que compraron la del bien común, y después asumieron que “la justicia social es expresión del bien común”, y se quedaron iguales a los anteriores. Iguales de tramposos y mentirosos, ladrones y destructivos. Son los padres de nuestras desgracias.

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