sábado, 22 de octubre de 2011

La Paradoja de la Persistencia del Mal

Por Leandro Bolívar Alfonzo.

Plantearé la siguiente premisa: No puede haber ninguna concesión entre el bien y el mal, el único beneficiado sería el mal. ¿Cómo demostramos esto? Expondré un par de opciones mediante las siguientes interrogantes: Si has de querer eliminar el mal y se te ofrece la opción  de mancharte las manos con la misma maldad de tus adversarios para destruirlos, ¿aceptarías? ¿Preferirías permanecer neutral para no ceder a la maldad aunque esto implique rendirse ante ella? He aquí la paradoja de la persistencia del mal: Sin importar cuál de las dos opciones escojas, el mal prevalecerá. La concesión se otorga en el momento que se decide utilizar los mismos medios empleados por los adversarios, se otorga en el segundo caso cuando se cede pasivamente ante la maldad. El bien pierde su concepto cuando se diluyen sus acciones entre la acción o la omisión a favor del mal, lo cual demuestra la premisa principal planteada.

En la actualidad es evidente que muchos se han cercado ante este par de opciones sin romper la paradoja y se vuelve evidente la razón por la cual nuestro mal persiste acabando con todo lo que encuentra a su paso. La nobleza o buena intención de una acción no es suficiente para justificar el pacto con criminales para lograr deshacerte de un mal mayor ya que se manchan las manos con aquello que juraban oponerse. Utilizar los mismos medios malévolos no justifica el fin, el cual deja de ser el bien y se redefine para controlar el poder del mal. Es un lugar gris para la moral y en donde los principios se acomodan según las metas que se persigan. Ni pensar plantearse metas basadas en principios y valores innegociables, sería mucho pedir y totalmente rechazado.

Se suele argumentar a favor de dichas tácticas como la única forma de hacer política, pues me permito aclarar el concepto. La política es el medio racional para lograr el entendimiento entre individuos en una sociedad, es solo un medio para conservar la libertad y no un fin en sí mismo. El medio está sujeto a las intenciones de quienes lo utilizan pero no es la raíz del bien o del mal que se puedan generar a partir de las acciones de los mismos, el propósito proviene del individuo. Teniendo esto en cuenta, se cae en un error al afirmar que la única forma de ejercer la política es aplicando las tácticas de nuestros adversarios. Esto deja como única opción la concesión de los principios y la aceptación de los términos que se consideran errados e injustos. Se pierde la noción de los objetivos primordiales ya que la línea que separa lo legítimo de lo ilegítimo se vuelve borrosa a través del lente del relativismo moral.

Para poder cambiar las circunstancias hay que aceptarlas y comprender su naturaleza. Si nos negamos a hacerlo no podremos siquiera proveernos de los medios adecuados para alcanzar dicha meta. La consecuencia inmediata sería la repetición de fracasos que conllevaría a conformarse y renunciar a nuestros objetivos, nuestra libertad.

La realidad que debemos aceptar es que no podremos romper nuestra paradoja si seguimos empeñados en ejercer la política de la forma en que se ha hecho bajo el sistema que ha acabado con nuestra libertad, y no haríamos nada con romperla si seguimos ignorando la naturaleza de la misma ya que volveríamos a cometer los mismos errores y persistir en los fracasos. Si queremos triunfar y recuperar nuestra libertad aceptemos la realidad: la hemos perdido. Si queremos cambiar al país, aceptemos la realidad: está en la miseria y en decadencia. Si hemos perdido la libertad, cualquier medio cedido por el adversario para ejercerla es una mera ilusión para mantenerte cautivo. No se puede derrotar a un enemigo que no quieres ver.

El mal no se derrota con buenas intenciones.

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